Sorprendente, ¡un gato arma un rompecabezas de mil piezas!

No-reseña del no-libro
Botticelli
de Clementoni

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Un día, hace mucho más de trescientos sesenta y cinco días, mi gato me contó que desde que era niña había querido armar un rompecabezas grande, muy grande, ¡de mil piezas!; pero que cuando se animó a pedírselo a su papá, él le dijo que no sin darle mayores explicaciones, y ambos dieron el asunto por terminado. Pero no había terminado, porque con los años ella lo seguía anhelando.

Cuando terminó de hablar, yo le tomé la mano, cruzamos la calle y entramos a una papelería grande, muy grande, donde había cientos de papeles, libros, rapidógrafos, computadores, incluso telescopios, pero lo importante era que ¡tenían rompecabezas de todos los tamaños! Ambas elegimos uno de “El nacimiento de Venus”, de Botticelli, yo porque la imagen central era una preciosa mujer desnuda y ella, porque el rompecabezas era grande, muy grande: tenía mil piezas, tal como el que había soñado.

caja

Botticelli pintó este descomunal cuadro entre 1482 y 1484 u 85, sobre un lienzo de 278,5 cm de largo por 172,5 cm de alto. Tal vez por eso (y porque fue el icono del Renacimiento italiano) la marca de rompecabezas Clementoni decidió incluirlo en la Museum Collection, como parte de su catálogo. Siguiendo esta misma lógica (es decir, la de preservar y exhibir una pieza maestra a la que se le sumaría el juicioso trabajo de unir mil piezas) y aprovechando que estábamos en una papelería, le dije al gato que compráramos tríplex o cartón para poder enmarcarlo cuando lo hubiésemos terminado.

—¿Enmarcarlo?, ¿para qué?” —respondió —“si es un rompecabezas: el juego es armarlo y desarmarlo.

Quedé de una sola pieza, ¿era real lo que estaba escuchando? En ese momento supe que me había enamorado del gato, de su secreta pasión por armar un rompecabezas de mil piezas; de sus ojos brillantes por la emoción al destaparlo; de su método, paciencia, concentración y habilidad para encontrar las piezas que deben quedar juntas… de todo eso, pero más aún de su inusual manera de ver el mundo: solo al gato se le ocurriría pasar años armando un rompecabezas de mil piezas, con todos los agravantes que supone armarlo en nuestra casa (a merced de dos dragonas súper destructoras y con la inconstante ayuda de una princesa bastante desconcentrada); para luego, en menos de tres minutos, desbaratarlo.

 

Así es ella, por fortuna, así es el gato. Y digo por fortuna porque de la misma manera como arma rompecabezas, toma decisiones, asume compromisos, forja relaciones; y yo, que hasta hace cuatro años era una princesa aferrada solamente a no aferrarse a nada, ahora estoy unida a ella, como la pieza que debe estar junto a otra para armar una vida en pareja.

Con un increíble saldo de una sola pieza faltante después de incontables tropiezos y desastres, hoy terminó “El nacimiento de Venus” y empezó uno de Batman, el segundo de muchos rompecabezas de mil piezas que espero regalarle, verla armar durante años, destruirlo juntas en menos de tres minutos, elegir el siguiente y así sucesivamente…

Esa famosa mejor opción

No-reseña del no-libro

Carcassonne

de Klaus-Jürgen Wrede

1

“No hay dos personas que lean el mismo libro”.

Edmund Wilson

 

No hay dos personas que lean el mismo libro o no-libro, en este caso; y “no hay dos juegos iguales”, como afirmó quien creyó haberme presentado este juego. Él tenía razón, en Carcassonne, las losetas que cada jugador ubica durante su turno, junto a otra dispuesta previamente sobre la mesa, van formando un mapa distinto en cada partida, que se va extendiendo hasta los límites que impone el final de la mesa sobre la cual se está jugando.

Aunque según mi corta experiencia en este tipo de juegos, Carcassone no es el único en el que cada partida es diferente, sí es en el que he encontrado más similitudes con la vida y, por ende, es la experiencia que decidí no-reseñar para inaugurar esta sección de no-libros.

La mecánica de Carcassone me hace pensar en cómo funciona la vida. El azar nos da una oportunidad (en este juego es la loseta que tomamos de la bolsa). En la vida, dicha oportunidad tiene incontables opciones, por fortuna en Carcassonne solo son cuatro: las aristas de la loseta que sostengo en las manos y que giro y ubico junto otras para ver, primero cuál encaja y segundo, cuál es la mejor opción. En ese punto, este juego empieza a parecérseme a la vida pues, como en la vida, no tengo la habilidad suficiente para detectar cuál esa famosa mejor opción y mucho menos puedo predecir cómo esa jugada modificará el destino de los demás jugadores, pues carezco de la visión de conjunto necesaria para planear una estrategia.

Una vez puesta la loseta, queda una decisión más por tomar: ubicar o no un seguidor de los siete que me entregan al iniciar el juego sobre un área de dicha loseta. En ocasiones podré elegir entre pararlo en una ciudad, en un monasterio o en un camino, o bien, acostarlo sobre un campo, todas excelentes y contraproducentes opciones según el número de losetas que queden en la bolsa, el estilo de juego de mis contendientes, la cantidad de seguidores de los que disponga, pero sobre todo, según la estrategia que me acabo de declarar incapaz de urdir.

Esos seguidores son otro límite para iniciar proyectos a través de los cuales los jugadores obtenemos puntos de victoria. Gracias a que estos muñequitos son visibles y tangibles, sé si puedo o no iniciar una nueva ciudad o la ausencia de estos me lo impide, pero en la vida, los límites para iniciar proyectos son intangibles: la distancia, el dinero, el tiempo; por lo tanto, es muchísimo más probable dejar de elegir la mejor opción.

Casi siempre pierdo este juego, porque además de mis escasas cualidades de estratega, mis pensamientos durante la partida oscilan entre el destino de algunos de mis seguidores (y escribo “algunos” porque son tantos que olvido que hay dos o tres que hace varias rondas dispuse en otro lado del mapa en mi afán de iniciar nuevos proyectos, o bien, olvido que no están en él pues los desperdicio al dejarlos descansando sobre la mesa como si no los tuviera). Y, como no quiero casi siempre perder en la vida… seguiré jugando, tarde o temprano encontraré la clave para ganar un juego que es diferente en cada partida, como todos los días de la vida.