La piel no es transparente

Bartleby y compañía

Enrique Vila-Matas

Bartleby y compañía - Enrique Vila Matas

 “Fanil ama exhibirse y exhibir sus vísceras, recibe a los amigos en traje de baño,

se asoma a la ventana con el torso desnudo; deja que todo el mundo

pueda admirar el funcionamiento de sus órganos”.

Enrique Vila-Matas, Bartleby y compañía

Enrique Vila-Matas me mintió. Todo apunta a que él publicó un libro sobre escritores que dejan de escribir ―o bartlebys, como él los llama― porque estaba atravesando la crisis de la página en blanco. Sin embargo, una rápida búsqueda en Internet me reveló que Vila-Matas ha escrito sin parar desde mucho antes de que yo naciera, y todavía lo sigue haciendo.

Enrique, no puedo confiar en alguien que me miente. ¿Cómo esperas que crea que los pasajes personales incluidos en tu libro de notas de pie de página son realmente tuyos, si insinúas tu silencio literario y exhibes en tu blog la extensa lista de tus publicaciones? Como no puedo hablar contigo, porque no sabes que existo y no tengo el interés suficiente para buscarte por el mundo, contestaré yo misma esta pregunta siguiendo tu estilo: escribiré una carta firmada con tu nombre:

“Señorita Giraldo:

Le escribo con el fin de aclararle que no le he mentido. Sin ánimo de ofenderla, me veo en la obligación de decirle que la razón por la cual usted asumió que el protagonista de los pasajes soy yo es que hizo una lectura muy superficial, pues no consideró la posibilidad de que el narrador, el escritor y el personaje no fueran la misma persona.

¿Cree usted que yo expondría mi vida privada sólo para publicar una investigación sobre los escritores del No? Pues no. Usted sí juega con estos límites en el libro que está escribiendo desde enero: mezcla sus lecturas con su vida y nos cuenta sin pudor asuntos que debería reservar para usted misma; o, me atrevo a especular, los eventos que incluye en las no-reseñas, como usted llama a sus comentarios sobre los libros, no son del todo ciertos; en términos literarios, corresponden a la ficción. Es más, esa Clara que aparece en sus escritos podría no ser usted, sino un personaje que creó, caracterizó y al que hizo verosímil.

Si estoy en lo correcto, me permito concluir que su libro no podría catalogarse como informativo, si no que es una novela corta y fragmentada, que narra las vicisitudes de Clara a través de sus lecturas; así como mi libro podría no ser la recopilación de los resultados de una investigación, sino la historia de un hombre aburrido que le miente a su jefe sobre su salud mental, y así tener tiempo para escribir un libro sobre el tema que lo obsesiona.

Ni usted ni yo tenemos la piel transparente, como el personaje de la cita que tanto le gustó. La función de nuestra piel es cubrir las vísceras, y la de un escritor de ficción es esconder la realidad, mezclarla con la fantasía.

Me despido, y espero que su duda inicial haya sido resuelta. Cordialmente,

Enrique Vila-Matas”.

9 de julio

Anuncios

Las tijeras por ahí

Paranoica

Jung Yumi

paranoica

 “Solo yo puedo curar mi tristeza. Pascal”.

Jung Yumi, Paranoica

De las manos veinteañeras de Jung Yumi salieron las cuarenta y cinco ilustraciones que componen este libro, cada una con una frase que es, para mis ojos lectores, la que cala el alma, la que da en el blanco, la que grita… Clara, ¡algo estás haciendo mal!

Si usted es fanático de las palabras que salen de mis dedos, seguro recordará que he escrito otras no-reseñas (en otras ocasiones me he tomado en trabajo de indicarle cuales son, pero esta vez usted decide buscar o no) restregándole en la cara que usted trabaja demasiado, se preocupa demasiado… que hace todo mal y por eso no es feliz, como yo. Ja, pues lo engañé.

Una vez, una persona muy sabia me dijo entre mis lágrimas algo así como que yo vivo en función de mis proyectos. Me retorció las tripas. ¿Sabe por qué? Porque es verdad. La sabia usó la palabra “proyectos” para referirse a las personas cuyas vidas yo me empeño en modificar, para enseñarles a ser feliz… como yo. Entre esas vidas intervine la de ella. Así que sabía exactamente lo que me estaba diciendo.

En ese momento supe que me estaba equivocando, había involucrado a mi proyecto actual de una manera tan profunda en mi vida que me adjudiqué la clave de su felicidad. Acepté de buen agrado tomar todas sus decisiones, pero no era yo quien llevaba las riendas sino la codependencia que nos impide separarnos: alguien nos dijo que somos como siamesas pegadas por el ombligo. Aunque es sumamente agradable, esa persona tiene razón.

Elegí olvidar el pilar de la estrategia para estar bien: primero estoy yo, hago el bien a los demás porque me hace bien a mí. En cambio, me puse en usa situación incómoda. Y ahora, tras una discusión que hace tiempo no teníamos pero que antes podría describirse como habitual, abro los ojos, entiendo que si “solo yo puedo curar mi tristeza”, solo ella puede aliviar o hundirse en la propia.

Ya ensayé tomar las tijeras y (amenazar con) cortarle la tristeza que carga, como en la ilustración que Jung Yumi dispuso frente al que ahora también es el epígrafe de esta no-reseña. Ahora probaré otra cosa. Es hora de dejar las tijeras por ahí, y si ella las encuentra, las empuñe hale la tristeza hasta que considere que ha encontrado el punto de corte y lo haga; o tal vez para que se tropiece con ellas, refunfuñe brevemente porque no están en su lugar pero, por el cariño que me profesa, las recoja sin reparo, las acomode en el puesto y deje su tristeza sin cortar. Es su decisión, no mía.

Por mi parte, retiraré los papelitos que utilicé como separadores para escoger el epígrafe más adecuado y pondré Paranoica en su lugar. Quería dejarlo a la vista, porque es el libro de ella y quería que lo encontrara esta noche cuando llegue, pero recapacité: es suficiente con que descubra que, por esta noche, yo elegí no estar.

29 de septiembre