No hay nada que mostrar

Splat el gato

Rob Scotton

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El miércoles Santo me desperté con muchas ganas de ir a bailar. Llamé una persona que seguro aceptaría salir conmigo esa noche. Tenía razón: ese día trabajaba hasta tarde, pero reacomodó su horario para que yo no tuviera que esperar. Nos encontramos en una cafetería cerca de su casa, me dijo que estaba muy bonita y que me había extrañado. Después fuimos a su casa, saludé a su compañero de apartamento y los tres hablamos sobre alguna tontería mientras se descongelaba la cazuela de mariscos que compartimos esa noche.

En algún momento, me quedé sola en la sala: ellos tenían que ajustar algunas normas de convivencia o algo por el estilo. Me sentía incomoda, no por estar sola en una sala que no es la de mi casa, sino porque no estaba haciendo absolutamente nada. No sé a usted, pero a mí me incomoda sobremanera quedarme inmóvil mirando hacia un punto fijo, así que revisé los mensajes de texto de mi celular, jugué un rato con los gatos, miré si la cazuela ya se estaba descongelando, leí un libro que estaba sobre la mesa de centro: Splat el gato; después miré por la ventana, llamé a mi casa a decir que me demoraba y anoté en mi cuaderno el título y el autor del libro que acababa de leer, para poder encontrarlo de nuevo cuando le correspondiera el turno en mi lista de no-reseñas pendientes. Comimos, nos despedimos de su amigo y nos fuimos a Quiebracanto en un colectivo repleto. Bailamos, me trajo a mi casa y se devolvió a la suya. Al día siguiente me desperté y anoté los datos del libro en mi lista oficial de pendientes.

Hace una semana, empecé a buscar el libro porque Splat el gato se acercaba a la cabecera de mi lista, y yo necesitaba recordar su contenido y seleccionar el epígrafe; pero no estaba en la Luis Ángel Arango, ni en las librerías que conozco, ni siquiera en la mesa de centro del apartamento donde lo leí la primera vez, pues su dueño se fue de viaje y nadie sabe cuándo vuelve ni dónde está Splat; así que no hay nada que mostrar, porque no recuerdo nada sobre este libro y todo indica que no lo voy a conseguir, así que escribo esta no-reseña para cumplir uno de los parámetros que yo misma estipulé para escribir el libro que ahora usted sostiene: escribir una no-reseña de una cuartilla, sobre cada libro que lea completo a partir de este año.

Ya le conté parte mi plan de trabajo, como el mago que revela los secretos de sus actos en un programa de televisión, por eso no creo que sea tan grave revelarle otra cosa sobre este proyecto si usted me promete que, en caso de encuentre el libro perdido de Scotton, hará una lectura forzada de éste y/o de mi no-reseña, a través de la cual descubrirá las relaciones invisibles que comparten ambos textos. ¿Prometido?

No se lo diga a nadie, pero hasta hoy he escrito veintidós no-reseñas, incluida esta; y hace un mes me propuse llegar a la número veinticuatro antes del 12 de julio; no porque el 24, el 12 y el 7 (por julio, el séptimo mes del año) sean números de la suerte, sino porque esa no-reseña se basará en un libro muy querido por los editores con quienes espero publicar, aunque ellos todavía no lo sepan; y, además, sería perfecto concretar una cita con ellos el 12 de julio porque quiero regalarme algo que realmente recuerde para celebrar mi vigésimo sexto cumpleaños.

7 de julio

El tiempo que haga falta

Yo, Milton

Haydé Ardalan

yo-milton

“De vez en cuando estoy de mal humor

y paso horas en silencio,

así, viendo la pared”

Yo, Milton, Haydé Ardalan

Milton ha vivido en mi biblioteca durante algunos años, no recuerdo cuántos. Sus patitas a una tinta removieron mis entrañas cuando me lo regaló la que sin darme nada me hacía remover las entrañas. Después ella decidió olvidarme. Era mejor así. De modo que yo también opté por olvidar a Milton.

Inmóvil, paciente, este libro esperó a que fuera de nuevo su momento. ¡Y lo obtuvo! Otra gata lo tomó entre sus garritas, apreció su cuidadosa encuadernación rústica, miró sus letras despacio y pasó las hojas brillantes mientras acariciaba el contorno de Milton en las ilustraciones.

“Yo soy Milton, este es mi libro” creo recordar que dijo.

El día que elegí abrirle las puertas de mi casa, para pusiera sus pensamientos en orden, escapara de una vida que la tenía hasta la coronilla, e hiciera parte fundamental de la mía, ella misma tomó el libro entre sus garritas y puso muchos billetes de todos los colores en una de las páginas negras y blancas. Era todo lo que tenía.

Casi sin notarlo, ambas aprendimos a vivir juntas, como asumo que hicieron Milton y quien vela por él (quien curiosamente ni se asoma en ninguna página del libro). Sin embargo, desde anoche la gata en cuestión está de mal humor. No miró por la ventana, como Milton, pero sí cerró los ojos durante muchas horas, ¡muchísimas! En realidad no tantas, pero insoportables para mí.

Ojalá ella y yo, incluso usted, fuésemos como Milton, ese ser de orejas puntiagudas, pelos por todas partes, que no teme por las consecuencias de sus actos o sus omisiones, y que “por la noche descans[a] pensando en todo lo que [l]e sucederá mañana”.

Yo espero que mañana, la gata se levante descansada; de pocas palabras, pero no muda como hoy. Me encantaría que se dejara mimar en exceso como es nuestra costumbre; me extrañe solo un poco, durante las tres horas que pienso ausentarme; y que luego sus cuatro patitas y yo vayamos a ver a la doctora que le dirá por qué pasa horas y horas mirando a la ventana, por qué ver pasar los días algunas veces le da lo mismo, y le pregunte qué siente y qué le asusta, mientras yo la espero afuera leyendo una revista tonta o un libro que lleve de nuestra casa.

Ya de vuelta, me moriría de la felicidad si sonríe como me gusta (mostrando sus dientecitos blancos y bonitos); hacemos algo que nos ponga aún más contentas, como leer Yo, Milton; pensamos en todo lo que haremos juntas pasado mañana; luego dormimos horas y horas… el tiempo que haga falta.

 

6 de mayo