MALA SEÑAL

Al final

Silvia Nanclares y Miguel Brieva

“En el vientre de la ballena se termina tu mapa”.

Silvia Nanclares, Al final

al-final

A Clara le gusta jugar a las muñecas. Cuando era niña las vestía, las desvestía, les hacía ropa; pero nunca jugó a darles la comida, no las arropaba, ni las consideraba sus hijitas de trapo. Siempre ha dicho que no quiere tener hijos, pero que le encantaría estar embarazada, hasta el día que tuviese que dar a luz; no soportaría la epidural, ni todo lo que viene después.

A Clara le gusta jugar a las muñecas y hace algunos años, las que se consiguen en una juguetería le quedaron pequeñas, así que consiguió una de su tamaño, no funcionó; probó con otra, tampoco; otras más, nada. Las adoró a todas pero para ellas, sencillamente, Clara era un substituto, algo que ellas tenían que vivir, una experiencia irrepetible, pero de paso.

A Clara le gusta jugar a las muñecas porque no se siente estúpida porque sus juguetes la abandonan, ni tampoco cree que se comporta como una bruja porque se está aprovechando de la enorme seguridad de saber que la otra persona está mucho más enamorada que Clara.

A Clara le gusta jugar a las muñecas, pero las muñecas no quisieron seguirle el juego. Por eso Clara pensó en dejar de jugar a las muñecas y pasar a las figuras de acción; así, en lugar de vestirlas, desvestirlas y hacerles ropa, podría quitarle el yelmo a un altísimo caballero junto a quien, con seguridad, no saldrá herida.

A Clara le gusta jugar con las muñecas y también con las figuras de acción, irrumpir en su armadura y hacer que juntos cometan un error. Una semana de dudas a cambio de una tarde perfecta de sexo sin condón. Esta vez, Clara se pasó de la raya. Parece tranquila, pero continuamente se sorprende a sí misma haciendo cuentas de su último periodo para calcular sus días de ovulación, o consultando en Internet el tiempo necesario para que el resultado de una prueba casera sea confiable.

A Clara le gustan las muñecas, pero realmente preferiría no tener que velar por la seguridad, atención y salud de una muñeca pequeñita de carne y hueso de verdad. Una muñeca a quien cuando crezca tendrá que celebrarle el cumpleaños, su primer diente o que haya aprendido a saltar. Una muñeca con la que luego tendrá que compartir su biblioteca, regalarle todo su tiempo, velar por su futuro, ahorrar para pagarle la universidad. Incluso, Clara tendrá que hacerle a su muñeca una copia de las llaves, para que ella la use en la puerta principal de la casa de Clara cuando la muñeca quiera entrar.

Eso es lo que teme que, como en Al final, su muñeca consentida pierda las llaves y luego los estribos. Que la vida la seduzca con una puerta al final del callejón, le ofrezca un mapa que la deje abandonada en el vientre vacío de una ballena. Oh, no. Mala señal. Clara acaba de hablar como hablaría una mamá. Esto es, en serio, una pésima señal, así que en este momento va a dejar de escribir, irá al supermercado, comprará una prueba de embarazo y se deshará de su momentáneo instinto maternal.

31 de mayo

Noventa días

No-reseña del libro

La muñeca y la castañera

de Roberto Aliaga y Maja Celija

 

“No puedes dormir con ella.

¡Si se cae, se romperá la cabeza!”.

Roberto Aliaga, La muñeca y la castañera

la muñeca y la castañera

Prepárese, señor lector: mientras usted lee estas palabras, yo dejo de ser humana para transformarme en la muñeca de porcelana “de pelo rizado [y] la boca pequeña”, como dice Roberto de Aliaga, que un señor con abrigo, sombrero y paraguas olvidó en la nieve porque yo era un juguete más entre las decenas que había comprado en la juguetería.

No tardé mucho en la nieve, casi de inmediato me recogió la castañera quien creyó saber que lo que me hacía falta era una niña que me quisiera, así que yo sería el regalo perfecto para su nieta Marcela, una niña tan humilde “que ni siquiera tenía una puerta que cerrar por las noches”.

Las intenciones de la ancianita eran buenas, pero olvidó un pequeño detalle: Marcela ya tenía una muñeca de trapo que amaba con el alma desde hacía años. Tampoco advirtió que mientras usted sigue leyendo, todas mis exnovias se están haciendo una en el cuerpo de Marcela y mucho menos sabría que las exnovias de mis exnovias ahora toman la forma de esa muñeca de trapo a quien tuve la “suerte” de reemplazar por una noche, según el tiempo del relato de Roberto Aliaga.

Todas las Marcelas que han intentado cambiar sus más normales y conocidas muñecas de trapo por mí han fracasado en noventa días, pero ninguna ha sido tan perversa: ninguna de ellas me dejó frente a la basura para ocupar el lugar de su idolatrada muñeca sin ojos, zapatos ni vestido. Por fortuna, las Marcelas que han renunciado a mi presencia no perpetuaron este acto ruin a través de un narrador que, como en La muñeca y la castañera, describió la escena con un ofensivo sarcasmo que apela a la condición frágil de esa muñeca que vendría siendo yo hasta que usted termine de leer esta no-reseña.

Agradezco a que las que un día me llenaron de caricias y me dijeron “novia” no haberme botado a la basura “con mucho cuidado, no fuera a estropear[m]e”, como lo hizo Marcela mientras su abuela dormía. Ellas lo hicieron como un acto de liberación, el mismo que las llevó a permitirse unas cortas vacaciones de sus vidas para ensuciar mi vestido con sus manos, besar mi porcelana aunque se me fuera la pintura y correr el riesgo de que un mal movimiento me rompiera la cabeza, cuando mi personalidad arrolladora la sedujo para que durmieran conmigo.

Tras ese paréntesis de porcelana en sus vidas, ellas volvieron al trapo, pues a pesar de todas mis virtudes, ellas necesitaban de “un abrazo de [una] muñeca”, que pudieran apretar sin temor a destrozarla y que siempre estuviera ahí para ellas, solo para ellas.

En este punto, tomo una larga bocanada de aire y ahora, con mis pulmones renovados, me devuelvo a la mitad del libro, cuando el hombre de sombrero que me sacó de la juguetería (junto con una cantidad exagerada de mis compañeros de vitrina, cada uno empacado en una bonita caja azul) me dejó caer y me olvidó en la nieve. Reviso mis brazos, mis piernas, mi cara y me sorprendo al darme cuenta que ¡no me he quebrado!; y espero a que el hombre se devuelva, me recoja y me lleve a una guardería fina, donde mi resistente porcelana pueda complacer a muchas niñas a la vez, a ver si entre todas batimos el récord de los noventa días.

20 de octubre

ESTRELLAS ESTRELLADAS

Tantos tigres atados

Moon-hee Kwon

“A la mañana siguiente, todos los tigres de la montaña

 estaban atados como si fueran las cuentas de un collar”.

Moon-hee Kwon, Tantos tigres atados

Una pregunta: ¿cómo hubiesen resultado las cosas si el niño perezoso que protagoniza este libro naciera estrellado y no con estrella? Lo pregunto por curiosidad, sin resentimiento, porque no me hace falta la estrella de ese perezoso, yo también nací con estrella. Ahí está, aunque sólo la haya usado para tonterías y pequeñísimas satisfacciones, y no para arreglar mi futuro económico de por vida, como hizo el niño que logró tener tantos tigres atados.

Los que nacemos con estrella no sabemos qué es perder una oportunidad, ni siquiera entendemos por qué la gente espera para obtener lo que quiere, nosotros lo conseguimos de inmediato. No necesitamos deseos de cumpleaños, ni pataditas de la buena suerte.

He tenido este libro en mis manos en tres oportunidades: la primera lectura me dio risa; la segunda, seguridad; y la tercera, me recordó mi estrella. Pero si quisiera hablar sobre este libro escribiría una reseña, y usted y yo sabemos que no quiero hacer eso, así que basta de los Tigres y volvamos a mí, a mi estrella tan deslumbrante que brilla cuando apagan la luz.

“Clarita vive en un mundo como de mentiras”, comentó mi primo. No recuerdo la conversación exacta, pero antes o después de decir eso nos estaba contando a todos los presentes, con una sonrisa en la cara y los ojos chiquititos, que está trabajando como un demente y las deudas lo tienen hasta el cuello. Se le nota que le encanta esa vida.

A Clarita también le encanta vivir en un mundo como de mentiras, ese mundo que sólo conocemos quienes tenemos estrella; un mundo en el que nosotros obtenemos exactamente lo que queremos. El problema, así suene a calamidades de niña consentida, es que Clarita no sabe qué quiere, así que no obtiene nada.

El niño perezoso sí sabía lo que quería, por eso le bastó una idea extraña, imposible, absolutamente traída de los cabellos. Sin decirnos su plan, el perezoso se levantó de su letargo e hizo lo que quiso; por lo tanto, obtuvo lo que quería. Apuesto que en este momento quiere colarse excesivamente en mi no-reseña y por eso sólo se me ocurre hablar de él.

¡Basta! Clarita no quiere hablar más de ese niño que no tiene nombre, porque está segura que no tiene nombre para que, en lugar de escribir “Pepito” y ya, Clarita tenga que usar muchas palabras para referirse a él, y así no le quede espacio para hablar de ella. Tal vez este libro no sea sobre ella; tal vez, sólo tal vez, Moon-hee Kwon no tiene idea quién es Clara Giraldo y escribió este libro pensando en alguien más. Tal vez todo el mundo tenga estrella, suena hasta normal; de hecho, también suena más sensato admitir que hay días en los que Clarita amanece estrellada, en los que le toca vivir en un mundo como de verdad; un día como mañana, cuando tendrá que levantarse temprano a hacer un reclamo en una oficina de su proveedor de Internet.

29 de mayo

ACTO POÉTICO

Playstation

Cristina Peri Rossi

 “El acto poético ya había pasado”.

Cristina Peri Rossi, Playstation

 

Cristina Peri Rossi, en cama y con su pierna derecha en alto durante tres meses porque “me había atropellado un auto”, escribió este libro cuando le ponía pausa a la partida de playstation. Tomó anécdotas de su vida personal y las hizo poesía, cuando debía parar y volver a la realidad. Así, quedaron al descubierto sus (casi)romances clandestinos con sus traductoras, casadas con hombres supremamente celosos; su opinión sobre lo estúpidos que son los medios culturales, entidades académicas, editores y demás personas a quienes ella debe mostrar algo de respeto para seguir recibiendo mensajes como: “Usted acaba de tener el honor de ser incluida entre los mil mejores autores vivos del mundo”; y otros desplantes menores, pero que seguro herirán los sentimientos de los implicados, sobre todo si no lo oyen de su boca, sino que lo leen en un libro que ellos mismos pagaron y cuyas regalías se irán al bolsillo de la agresora.

Yo también estoy mezclando episodios de mi realidad con los libros que leo, y publico el resultado en Internet para que todo el mundo lo lea pero, tal como lo hizo Peri Rossi, tomo precauciones: no menciono el nombre de terceros, que puedan sentirse utilizados, ofendidos o expuestos; y selecciono minuciosamente qué contar y cómo hacerlo, sobre todo para no poner en evidencia mis errores garrafales.

“En todos los casos soy culpable/Hay algo que no hice/o dejé de hacer”, leo en “Pesadillas” uno de los poemas de Playstation.Esos versos me taladran el cerebro con una repulsiva sensación de culpa, así que confesaré mi delito: no devuelvo las cosas que me prestan; asumo que son mías, las daño, o, lo que es peor, no tengo ni la menor idea de dónde están, y aunque tengo toda la intención de devolverlas no sé qué decir ni qué hacer, así que huyo.

Sí, persona a quien no he devuelto los guantes rojos, ni camisa de vestir, ni falda del disfraz de tu hermana (con quien has tenido discusiones por mi descuido), me esfumé para no tener que asumir que tus cosas desaparecieron de mi vista. Por eso pospuse nuestros encuentros para entregártelas; no respondí tus llamadas; ignoré los correos electrónicos, que mensualmente me enviaste durante más de un año, y ahora dejaste de hacerlo porque te sientes impotente, frustrado. Sólo por eso, dejé de frecuentar lugares en donde corría el riesgo de encontrarte; elegí no ir a charlas, conciertos, proyecciones de películas, reuniones con amigos en común; y hasta me escondí debajo de la mesa el par de veces que apareciste en los lugares menos esperados, todo para no darte la cara.

Ayer encontré tu chaleco, y escribí esta no-reseña como un acto poético para tener el coraje de contactarte y devolvértelo, como una persona normal. Espero encontrar una manera de recompensarte, que no ya te sientas agredido por la ofensa y, sobre todo, que no vuelva a traicionar tu confianza, porque no puedo arreglarlo todo a punta de actos poéticos, Peri Rossi sí, aunque el acto poético ya haya pasado.

1° de octubre