Esa famosa mejor opción

No-reseña del no-libro

Carcassonne

de Klaus-Jürgen Wrede

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“No hay dos personas que lean el mismo libro”.

Edmund Wilson

 

No hay dos personas que lean el mismo libro o no-libro, en este caso; y “no hay dos juegos iguales”, como afirmó quien creyó haberme presentado este juego. Él tenía razón, en Carcassonne, las losetas que cada jugador ubica durante su turno, junto a otra dispuesta previamente sobre la mesa, van formando un mapa distinto en cada partida, que se va extendiendo hasta los límites que impone el final de la mesa sobre la cual se está jugando.

Aunque según mi corta experiencia en este tipo de juegos, Carcassone no es el único en el que cada partida es diferente, sí es en el que he encontrado más similitudes con la vida y, por ende, es la experiencia que decidí no-reseñar para inaugurar esta sección de no-libros.

La mecánica de Carcassone me hace pensar en cómo funciona la vida. El azar nos da una oportunidad (en este juego es la loseta que tomamos de la bolsa). En la vida, dicha oportunidad tiene incontables opciones, por fortuna en Carcassonne solo son cuatro: las aristas de la loseta que sostengo en las manos y que giro y ubico junto otras para ver, primero cuál encaja y segundo, cuál es la mejor opción. En ese punto, este juego empieza a parecérseme a la vida pues, como en la vida, no tengo la habilidad suficiente para detectar cuál esa famosa mejor opción y mucho menos puedo predecir cómo esa jugada modificará el destino de los demás jugadores, pues carezco de la visión de conjunto necesaria para planear una estrategia.

Una vez puesta la loseta, queda una decisión más por tomar: ubicar o no un seguidor de los siete que me entregan al iniciar el juego sobre un área de dicha loseta. En ocasiones podré elegir entre pararlo en una ciudad, en un monasterio o en un camino, o bien, acostarlo sobre un campo, todas excelentes y contraproducentes opciones según el número de losetas que queden en la bolsa, el estilo de juego de mis contendientes, la cantidad de seguidores de los que disponga, pero sobre todo, según la estrategia que me acabo de declarar incapaz de urdir.

Esos seguidores son otro límite para iniciar proyectos a través de los cuales los jugadores obtenemos puntos de victoria. Gracias a que estos muñequitos son visibles y tangibles, sé si puedo o no iniciar una nueva ciudad o la ausencia de estos me lo impide, pero en la vida, los límites para iniciar proyectos son intangibles: la distancia, el dinero, el tiempo; por lo tanto, es muchísimo más probable dejar de elegir la mejor opción.

Casi siempre pierdo este juego, porque además de mis escasas cualidades de estratega, mis pensamientos durante la partida oscilan entre el destino de algunos de mis seguidores (y escribo “algunos” porque son tantos que olvido que hay dos o tres que hace varias rondas dispuse en otro lado del mapa en mi afán de iniciar nuevos proyectos, o bien, olvido que no están en él pues los desperdicio al dejarlos descansando sobre la mesa como si no los tuviera). Y, como no quiero casi siempre perder en la vida… seguiré jugando, tarde o temprano encontraré la clave para ganar un juego que es diferente en cada partida, como todos los días de la vida.

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Vienen los tigres

Contra la locura
de Soledad Castresana

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“Yo tampoco sé cómo moverme en esta tierra de ecos,

pero soy la madre y voy a estar despierta”.

Soledad Castresana, Contra la locura

 

Estremecedor. Volver a empezar es estremecedor, como el tigre que se aunque se presenta sereno en la portada, en la página 48 hinca sus garras en mí hasta producirme lágrimas. Estremecedor. Por eso, para retomar por enésima vez la sana costumbre de escribir no-reseñas y publicarlas en este blog, tuve que leer dos veces Contra la locura.

No por enésima, sino por primera vez, mis padres tendrían una hija y por primera vez, yo sería una. Han pasado tres décadas y es evidente que ellos superaron el estremecimiento inicial y, con el tiempo, aprendieron qué hacer. Me pregunto cómo lo habrán hecho. Tal vez piensen que “si das todo de una vez pasa más rápido”. Sí, tal vez así hayan sabido qué hacer en los momentos de emergencia, angustia y decepción que han vivido por mí o conmigo.

Imagino los reproches de los primeros años, cuando mis padres descubrieron que “cuando tiene hambre, la hija grita, rompe las puertas de toda la casa, corre, enciende la luz del jardín. Me busca. Una vez saciada, bebe sus lágrimas. Después canta y se duerme sobre el hueco de mis costillas”. Imagino que en ese momento mis padres suspiraron con angustia porque descubrieron que “Es tarde. No he[mos] podido enseñarle nada”. También imagino que cuando Soledad Castresana lo descubrió, se levantó en medio de la noche (como lo hago yo ahora por otras razones), escribió ese poema y lo tituló “Malcriada”; en cambio mis padres optaron por… por… ¡no sé! Ahora me pregunto qué habrán hecho mis padres para aliviar esa impotencia, pero pronto esa pregunta deja de atormentarme porque en “Cacería” aparece por primera vez la palabra “tigre” y como estoy releyendo el libro, me anticipo al estremecimiento: ya sé lo que se avecina.

Ay, mis padres… me pregunto qué hubiese pasado si, como yo, ellos hubiesen sabido a tiempo que “los hijos se entregan al sueño con la confianza de los que no tienen historia”, mientras que los padres tardan mucho en volver a poder dormir porque “es la madera que cruje, me decían cuando era hija. Pero ahora sé que hay más entre el ruido y lo que escucho” ¡¿Qué hubiese pasado?! No tendrían ese halo de sabiduría que viene con la paternidad y, por ende, yo no tendría la oportunidad de existir, ni mucho menos de acudir a ellos para pedirles alimento y que apacigüen mi miedo a estar sola.

No les diré que lo que me da miedo de estar sola es que vienen los “Animales feroces” de la página 48, porque me dirán “esas cosas pasan” y yo no me daré cuenta de que mientras me lo dicen “sacaba[n] las sábanas rajadas y empujaba[n] a los animales hacia la puerta”. No me daré cuenta y, tan pronto esté saciada (como la hija de Soledad Castresana), terminaré de escribir esta no-reseña con la esperanza de que usted ansíe leer las siguientes y perdone mi inconstancia.