EN EL OJO EQUIVOCADO

James no está en casa

Constanza Martínez Camacho

 

“…de la máquina emergió la cabeza canosa de

un anciano y, poco a poco, el cuerpo

largo y espigado de alguien parecido a un

mesero elegante, que usaba un gracioso

lente en su ojo derecho izquierdo”.

Constanza Martínez Camacho, James no está en casa

 

Conocí a Constanza Martínez porque a ella le gusta el fútbol y a mí no. Un domingo, después de un partido, que yo no jugué (por supuesto), nos tomamos unas cervezas y la goleadora del equipo comentó que Constanza se había ganado el premio Barco de Vapor por James no está en casa. De inmediato le pregunté, como si la chismografía literaria gobernara mi lengua, cómo, cuándo y dónde se había ganado ese galardón; en el fondo yo estaba verde de la envidia. “Me encantaría leer tu libro”, dije sin darle tiempo para contestar mi bombardeo de preguntas. “Tengo mi copia en la maleta”, respondió. Esa noche le compré el libro, y ella nos invitó a todas la última cerveza.

El lunes lo abrí y me llevé una sorpresa. El martes lo terminé y me llevé otra. Primera sorpresa: tal como ella lo había dicho, Constanza me vendió su copia, y su copia tenía sus notas y sus correcciones, discretamente marcadas con lápiz. Segunda sorpresa: yo soy como James, el mayordomo de este libro.

En este punto de la lectura, usted se preguntará a dónde quiero llegar con tanta anécdota y tanto detalle, aparentemente sin importancia. Una pista: las dos sorpresas tienen que ver con una sola cosa: la obsesión por la perfección, y no por la perfección en sí misma, sino por la perfección para ser aceptados por los demás.

Una vez cobrado el premio y publicado el libro, Constanza lo releyó, lo corrigió y lo volvió a revisar tan meticulosamente, que se percató de que el ilustrador puso el monóculo de James en el ojo equivocado. Este afán por abolir todas las erratas de una publicación no es un mal exclusivo de esta escritora, ni de quienes trabajamos en la corrección de textos; (ja, usted no sabe cuántas veces reviso cada no-reseña, solo para que esté perfecta, y usted no se decepcione de mí); es un síndrome del que todos nos contagiamos casi por obligación, dediquemos o no nuestra vida a las letras.

Por eso soy como James. No conozco, como James, a la mitad de los personajes de la Historia Universal; pero sí procuro acumular cuanta historia inverosímil e inolvidable tenga la bajo la manga, para contársela a usted con mi capacidad histriónica/mitómana para convertir cualquier nimiedad en una aventura, como James, que sabe cómo mantener a Gabriel con la boca abierta. Todo esto para que usted no se decepcione y no se olvide ni de James, ni de mí.

Como ve, señor lector, complacerlo es un trabajo agobiante. ¿Qué opina si, como James, en el último capítulo alisto las maletas, lo abandono a usted y me voy a buscar otras alternativas?

10 de abril

NO-ENAMORADA DE TRES

Mi gatito es el más bestia

Gilles Bachelet

 “en general los gatos no tienen trompa […]2ae

{v­ xzxccc2 vedu el mío indiscutiblemente poseía una”.

Gilles  Bachelet, Mi gatito es el más bestiaeeaqvcs1s

Bf47f4767r Antes de empezar, aclaro que no soy la única autora de este texto, he recibido la ayuda de mi gata, que siempre quiere opinar, aunque todos asuman que se acerca al teclado por el calor del computador333 aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaañ8.y,.

Conocí a una extranjer6a gggggggwwwwww54ee|tu2378 con quien ahora comparto mi vida de no-pareja. Me explico: hace casi dos meses acordamos ser no-novias y nos ha ido también que tenemos una no-hija, o gata, para quienes no notaron que hablaba de la coautora.

tEsta uj555555555522222222225611bb3214wger0020 mujer, mi no-novia, vive hace tres meses en Colombia y ya conoce varios sitios lindos de Bogotá, también ha visitado otras ciudades, todas con un encanto inigualable °°°°rs0035<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<<nnnnnnnnnxcm722t ttt7 eefyefy34555552qu8jq122222999999999999. Cuando alguien le preguntó cuál era el lugar que más le gustaba de Colombia, respondió sin si quiera dudarlo: “La cama de Clara”.

d2        W3Sonreí, y no porque todos los que nos conocen o hayan visto nuestros centenares de fotos de pareja crean que somos novias y, como todas las novias, asumen erróneamente que sostenemos relaciones sexuales en el lugar más obvio de todos: nuestras camas, en este caso, “la cama de Clara”. No sonreí por eso sino porque mi cama también es mi lugar favorito del mundo: su tamaño, el peso de las cobijas sobre mí, la manera como me acarician los hilos de mi lencería no se comparaba con nada, hasta que descubrí lo bien que me siento cuando la comparto con mi no-novia y la no-hija que desde que llegó ha dormido entre nosotras, y que ya no hará más intervenciones porque está tomando una merecida siesta, en mi cama, aunque esta aclaración sea tan obvia que caiga en la redundancia.

¡Oh, por Dios! Acabo de descubrir que estoy no-enamorada de tres al tiempo: mi no-novia, nuestra no-hija y mi cama, a la que bien podría referirme como mi no-oficina, pues acostada aquí mezclo a mi antojo el trabajo con el placer, como se nota que lo hace Bachelet.

Tal vez él no use su cama como oficina, y nunca ha contemplado la posibilidad de tener una no-novia, pero tenemos algo en común: mi no-gusto-por-la-realidad-tal-como-la-percibimos. Su mascota es un no-gato o un no-elefante, aún no lo decido, y supongo que esto último haría sonreír al dueño del gatito más bestia, tan elefante que tiene trompa y colmillos, tan gato que cuando “no come, duerme [y] cuando no duerme, come”.

Así que, si este hombre puede poner en tela de juicio la especie a la que pertenece su querida mascota, ¿por qué es tan difícil de entender que yo no trabaje en un escritorio, ni tenga sexo con la persona con quien salgo, ni mucho menos, cuando sea el momento, me embarace y dé a luz un bebé humano?

23 de noviembre

CLARA COMO IRENE

En blanco

Lucía Serrano

“Primero aparece una idea pequeña,

y esa idea trae a otra,

y a otra más,

y a otra…”.

Lucía Serrano, En blanco

En un acto telenovelesco, Clara arrojó un objeto por el balcón de su apartamento. Ella vive en el piso catorce y, por lo tanto, el inocente objeto de plástico adquirió una velocidad de caída de magnitud considerable, tanto que, no está segura, pero cree que hirió a un perro. La idea del perro exangüe, lo ridículo del acto, la culpa asociada a la carga emocional depositada en el objeto roto contaminaron la mente en blanco que se supone que Clara y todos deberíamos tener para ir a dormir.

Clara, como Irene, tiene la cabeza llena de ideas, de rayes: rayes de crayolas como en las ilustraciones de En blanco o rayes de los otros, de los que no deja(ba)n que ni Irene ni Clara durmieran como los angelitos que aparecerían en la portada de un libro que se llame Cuentos sosos para dormir. A ambas parece aflorarles ese montón de ideas enredadas cuando deberían estar descansando, por eso padecían trastornos de sueño, tomaban pastillas para dormir o seguían recomendaciones alternativas como la leche caliente o la actividad física intensa antes de ir a la cama.

¿Será que Irene tampoco puede dormir porque se siente culpable por lanzar sus juguetes por el balcón? Ah… tantos niños sin juguetes; tantos perros inocentes que no deberían sufrir accidentes inverosímiles; tantos sarcasmos que, no sólo de noche, se cocinan en esa cabecita de Clara.

Con crayolas, textos cortos, un personaje dibujado con negro al que llamó Irene y mamarrachos de colores, Lucía Serrano le mostró a Clara la representación gráfica más aproximada de los enredos mentales previos al descanso nocturno, que contradicen la utopía de la mente en blanco, y de los que tanto se preocupa el papá de Clara, el neurocirujano de Clara y hasta Clara, cuando claramente enloquece y elige una vida normal para vivir.

Lucía Serrano dibujó el caos que hace sentir tranquila a Clara así:

aunque ella también haga que las ideas se vayan a otro cuarto, cuando en verdad necesita descansar.

1° de abril  

SIN ROJO, SIN VERGÜENZA

El rojo es el mejor

Kathy Stinson

“porque el rojo es el mejor”.

Kathy Stinson, El rojo es el mejor

La niña del abrigo rojo, Transcripción de entrevista (inédita)  


 

Hoy no es el mejor día para escribir sobre el rojo: el cielo está gris, yo visto de verde y descubrí que ya nada me sonroja.

Vestida con mi capa roja, sin esperar que me coma el lobo ni que venga ningún leñador atlético a rescatarme, veo cómo brotan de mis dedos tristes unas palabras sin los súper poderes que Isabella le otorga al rojo. Ya nada me sonroja, me repito en silencio. Cruzar umbrales se volvió una costumbre, ya no siento el calor de unas mejillas rojas por la vergüenza que causa confesar intimidades, desnudarse en público, dar el primer paso, recibir un piropo o cualquier cosa de esas que alteran la circulación y lo pone carirojito a usted. Nada de eso me hace nada.

Un suspiro, que yo quisiera ver colorado, se me escapó en nombre de la nostalgia. Cuando leo el El rojo es el mejor quisiera que la pintura roja de Isabella me salpicara la cara. Un flash(back) y ahora estoy en (::), la tesis roja de la niña del abrigo rojo que me gustaría presentarle a Kathy Stinson para que supiera por qué es mejor el rojo.

La tesis roja camina con sus medias rojas, se pone su abrigo rojo, sale a la calle gana muchos premios y se instala en el ala roja de mis recuerdos. La niña del abrigo rojo me ve borrosa, yo la veo roja. Me gustaría sentir las cosquillitas que se apoderaron de mí en cuanto vi sus fotos rojas que me pusieron la sangre colorada y ahora me hacen desear con fuerza zambullirme de las manos en una sustancia ígnea que me devuelva el asombro; en otras palabras, me gustaría ser roja, pero roja de verdad.

Mi vida roja me gusta(ría) más. Si fuera roja, no olvidaría las cosas importantes: como que “el jugo sabe mejor en el vaso rojo” y que, como a Isabella, “el rojo me dan ganas de cantar”. Quisiera cantar con mi voz roja para que nadie me escuchara, para guardarlo en secreto, para que no sirviera de nada.

Usted no sabe nada del rojo. Si tuviera alguna idea, sabría a qué rayos me refiero con tanta metáfora rebuscada, pero no puedo contárselo, revelar este secreto le quitaría todo el sentido a escribir reseñas que no lo son, a hacerme la de la vida roja sólo para tener algo que contarle a usted, consumidor insaciable de historias despampanantes.

Confieso, entonces, que yo no soy roja, sino clara. Claramente ése sería mi color. El rojo es el mejor algunos días pero, de tanto vivirlo, cansa. No soy Caperucita, ni la niña del abrigo rojo ─fácilmente reconocible por el abrigo que le dio su nombre, sus botas rojas, tesis roja y sonrisa roja, porque ella sí es roja, la más roja de las rojas─.  Por eso desde hoy, y hasta que cambie de opinión, los oídos y opiniones de otros no serán la motivación ni el fin último de mis acciones a menos que, claro está, él, ella o usted o yo logren sorprenderme, sonrojarme, hacerme sentir con rojo y con vergüenza.

    10 de noviembre

SIN MÍ

La elegancia del erizo

Muriel Barbery

“La facultad que tenemos de manipularnos para que

no se tambaleen lo más mínimo los cimientos de

nuestras creencias es un fenómenos fascinante”.

Muriel Barvery, La elegancia del erizo

Escribir en primera persona singular es pretencioso. Lo dicen los teóricos, lo dicen los académicos, lo dicen quienes se han estrellado con la palabra “yo” y han despertado de la hipnosis. Yo aún no despierto. Paloma aún no despierta. Renée aún no despierta. Muriel Barbery, tampoco. La autora se camufla en sus personajes, la portera experimenta una muerte de película y la niña escribe dieciséis ideas profundas para despedirse del mundo. Y, aunque escribo en primera persona, mi síntoma más recurrente es leer en primera persona.

Podría no estar leyendo La elegancia del erizo, sino el manual del usuario de cualquier aparato electrónico, el resultado sería el mismo: las frases del autor empatarían con mi vida, me enseñarían cosas, me describirían de una manera íntima, como sí me espiaran. Es un hecho, leo en primera persona, protagonizo mis lecturas, soy como un gas liviano que ocupa todo el espacio posible. Ocupo tanto espacio que el libro parece desdibujarse en esta no-reseña.

En aras de evitarle molestias al lector sensible a comportamientos como la autoidolatría, y dado el carácter peyorativo que se le atribuye al pronombre con el que se designa la primera persona singular, en adelante se evitará su uso quisquillosamente, así como las conjugaciones verbales asociadas a él y otros recursos gramaticales que se refieran directamente al autor de este texto. En otras palabras, se escribirá este texto sin mí.

Los personajes de ficción que protagonizan la novela de Barbery luchan por ocultar su inteligencia prodigiosa, en el caso de Paloma, y un grado de referencias culturales inusuales en una portera, en el de Renée. Paradójicamente, para lograr este propósito, la autora exhibe su propio acervo cultural a través de estas dos mujeres, quienes repudian sobremanera la condición del intelectual.

Frente a este panorama, es muy difícil tomar una posición y defenderla. Una persona que estudió literatura para tener bases sólidas, que le permitan desarrollar su profesión en el campo editorial, prefiere no expresar su opinión, y menos por escrito, sobre la conveniencia y/o relevancia del quehacer intelectual; eso sería autosabotaje, una palabra que aparecerá implícita o explícitamente en estos textos.

Tras la lectura entretenida, fluida, comentada y compartida de La elegancia del erizo se debería sentir a) alivio y/o decepción por el desenlace de la historia; b) orgullo por conocer las referencias literarias, musicales y artísticas; c) curiosidad y/o vergüenza por las desconocidas; o d) admiración por el manejo de los narradores y la construcción de los personajes para contar una historia sencilla. En el caso específico del lector que escribe esta nota, la sensación es un poco de todas y un poco de vacío, un satisfactorio y necesario vacío.

26 de enero

RED SOCIAL

¡Beso, beso!

Margaret Wild y Bridget Strevens-Marzo

 

“Una mañana, Bebé Hipopótamo tenía tanta prisa

por ir a jugar, que olvidó darle un beso a su mamá”.

Margaret Wild y Bridget Strevens-Marzo, ¡Beso, beso!

 

Me siento como Mark Zuckerberg el día que se le ocurrió la idea de Facebook. No estoy borracha, ni despechada; tampoco tengo idea de lo que sea que Mark necesitó saber para montar Facemasch.com, la aplicación que colapsó la red de Harvard; pero sí pasé tres horas frente al computador a raíz una pregunta: “What´s wrong with people?”.

Me rehúso a seguir viendo como “muchas personas desperdician su vida para complacer a otros”, en lugar de satisfacer sus propias necesidades y deseos. Aunque están entre comillas, esas palabras también las escribí yo, en respuesta a un comentario al status de Facebook que desencadenó la epifanía que ya le contaré: “Clara Inés Giraldo Mejía no quiere ser prepotente, pero declara que el mundo sería mejor si más personas pensaran como ella”.

Decir “epifanía” también es prepotente, como la manía de Zuckerberg de completar las frases de los demás porque son muy evidentes; revisar sumas ridículamente fáciles, sólo para interrumpir una audiencia; o escupir verdades brutales, que le dan el carácter mordaz al personaje de Red Social. La verdad brutal es un principio que también me caracteriza a mí: una persona que, sin pelos en la lengua, afirma que tiene la solución para que nadie más se sienta insatisfecho con su vida. Nadie más, incluyendo a Bebé Hipopótamo quien, movido por la culpa y no por sus cuatro patas, atravesó rocas, fango y todo lo demás, para darle el beso que debía darle a su mamá, en lugar de hacer lo que quería: divertirse.

Tenía afán, al parecer los bebés hipopótamos también sufren del síndrome de la postmodernidad: el tiempo no alcanza para nada. Estamos (no, yo no, ya crucé ese umbral y ahora me considero un ser superior). Usted está tan embebido en sus deberes o en placeres efímeros que realmente no lo hacen feliz, que no tiene ni un minuto para hacer lo que le interesa. Por eso, cuando termina el día, usted se siente vacío, incompleto, mediocre; como el hipopótamo que puso su tranquilidad en manos de la mamá a quien debía besar.

¿Usted es como él? Las estadísticas sugieren que sí: cinco horas después de que hice esa publicación, siete de mis amigos en Facebook se interesaron por “mi idea de arreglar la vida de las personas de manera masiva” y sólo una de ellas aseguró sentirse plena con su vida actual, otras cinco han decidido ser parte de mi experimento y la otra, que comentó hace veintidós minutos, también aceptó probar si mi práctica para alcanzar la tranquilidad funciona en ella.

El equilibrio emocional de Bebé Hipopótamo y el de su mamá se debe a que ambos están buscando algo que les falta, como Mark Zuckerberg, que por fin deja ver, literalmente durante el último minuto de la película, su insatisfacción. Los dos hipopótamos, el genio de los computadores y usted conocen la respuesta, sin embargo, me gustaría ayudarle a que usted la encuentre. Escríbame en Facebook o Twitter si quiere ser parte de mi experimento.

26 de octubre