LO QUE LE DIGA ES MENTIRA

Así habla el corazón

Johanna Lindsey

 

“Es ésa otra mentira de la dama”.

Johanna Lindsey, Así habla el corazón

 

“Soy mitómana”, le mentí a alguien un día para sacarla de mi vida con un poco más de drama. Quedó perpleja. No sabía si molestarse porque yo era una mentirosa, si ofenderse porque usé una paradoja para que me dejara en paz, o si lo mejor era sentirse orgullosa por conocer a una persona tan sincera y con un talento tan abrumador para manipular el lenguaje.

Yo miento, usted miente y el que diga que no miente, miente. Nos encanta mentir y, sobretodo, que nos mientan. Por eso la producción de novelas rosa no está en auge, sino que permanece en él. Muchos autores como Johanna Lindsey se llenan los bolsillos con nuestra necesidad de sentirnos emocionados, con nuestra hambre de mentiras escabrosas, de enredos imaginados, de dolor de mentiras.

No estoy diciendo mentiras. Quienes no leen novelas como estas, cargadas de lágrimas, dramas y malentendidos, se pasan la vida encarnado a Briggitte, al Normando, a la mala del paseo o a cualquier personaje de Así habla el corazón. En mi caso, podría excusar mi ignorancia literaria en este género porque mi formación me exige preferir libros pesados e inentendibles, o porque mi personalidad me obliga a hacer de mi vida una novela rosa: enmaraño mi estado emocional, exacerbo mis reacciones, creo un mundo cargado de todo lo que todos queremos sentir.

Así habla el corazón de quienes protagonizan novelas como esta, de estructura lineal y recursos rimbombantes, propios de una telenovela de la tarde, y perfectos para narrar la historia de Briggitte, a quien desde el inicio el lector le pronosticará toneladas de sufrimiento a lo largo de los capítulos, a cambio de una vida soñada e ideal en la última página; o la del Normando ―de cuyo nombre realmente no me interesa acordarme―, que vence a todos los chicos malos, de vez en cuando se deja herir por algún pelmazo para que su dama lo cure, finalmente acepta la herencia que por orgullo siempre había rehusado, porque… prepárense, señoras y señores: en medio de todo este drama ¡se reencuentra con su hermano gemelo de quien fue separado al nacer!, y por supuesto su padre no es su padre, pero lo ama como si lo fuese y bla bla bla.

Esta no-reseña es de mentiras, y en esta no-reseña me gustaría poder decir la verdad. Este libro es tonto; predecible; me hace escribir no-reseñas sarcásticas; las escenas de sexo jamás ruborizaron mis mejillas, ni me hicieron mojar mi ropa interior. La vida que me invento hace todo eso de manera más excitante, me embriaga, me enferma, me desgasta y me produce júbilo, ganas de no morir hoy porque seguro una emoción intensa tendrá lugar mañana.

Le aseguro, no sé si me crea, que esta no es otra mentira de la dama que escribe esto. La mentira es que soy despampanante, la mentira es que me lo creo y se lo hago creer, la mentira es mi vida, esa que me invento, porque no me gusta la realidad.

15 de abril

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DESCONTAMINADA DE ORTOGRAFÍA

La Navidad de Dragón

Dav Pilkey

 

“Dragón salió a buscar el perfecto árbol de Navidad”.

Dav Pilkey, La Navidad de Dragón

El cumpleaños de un niño que ese día reparte regalos en lugar de recibirlos no es de mi interés particular. Afortunadamente, en esos días se acostumbra a estar en familia, y a la mía esta festividad tampoco le trasnocha (literalmente, porque no modifican su patrón de sueño ni sus hábitos alimenticios sólo porque en Navidad la gente se atiborra de comida a medianoche).

Dragón tuvo que salir en medio de la nieve a comprar sus regalos porque vive solo y nadie le contó cómo funciona el síndrome de proveedor del homenajeado, de quien (supongo) no ha oído hablar pues sus preparativos se reducen a la compra de los mencionados regalos y a adornar un pino, que Dragón no fue capaz de talar porque era perfecto.

La Navidad de Dragón fue perfecta, lo sé por la sensación de satisfacción que se le nota a la hora de acostarse. Mi Navidad también fue perfecta: pocos vecinos, música decembrina muy muy a lo lejos, comida normal a la hora que nos dio hambre y tres mensajes de texto de personas que saben que repudio las felicitaciones navideñas masivas en las que de paso me desean que mi año sea próspero.

Bueno, fue casi perfecta. La mancha de esa noche de diciembre casi común y corriente fue una v: “Vendiciones para usted y su familia” le escribió a mi papá una persona cuya identidad permanecerá protegida para evitar el escarmio y la vergüenza públicos.

En otros tiempos, me refiero al mes pasado, este error en serio me hubiera parecido fatal, reprochable y habría modificado la estima que siento por el sujeto en cuestión; pero esa noche no, sólo me hizo reir. “¡Es un milagro de Navidad!”, dirían los seguidores de Charles Dickens o cualquiera que haya visto cualquier un especial/película de Navidad).

Luego de las risas, este error ortográfico me hizo pensar en que nadie es perfecto y en que eso no es tan grave, en que mis posiciones (uff lo escribí bien en el primer intento, casi siempre me equivoco) ultraconservadoras del purismo del lenguaje se desmoronan cuando hablo porque, como dirían mis profesoras de Lingüística “la lengua está viva” y, en consecuencia (presiento que esto va a hacer que disminuya mi volumen de trabajo) ¿qué importa que ignoremos un montón de reglas inaprendibles? Mejor hablemos, dejemos de pedirle permiso a la Academia para obviar las itálicas en los extrangerismos que nos plazca.

Uh, esta no parezco yo, pero entiéndame: estoy felizmente contaminada por http://www.revistaarcadia.com/impresa/polemica/articulo/todos-contra-academia/26641, un regalo de Navidad tan pertinente que me hizo olvidar de Dragón y su árbol con adornos y luces que mira absorto desde su ventana; también me hizo cometer cuatro errores en las anteriores cuatrocientas sesenta palabras, cuatro errores que espero que usted corrija, si se le da la gana.

26 de diciembre

Quem não tem

La hora de la estrella

Clarice Lispector

la-hora-de-la-estrella

“Todo esto lo he dicho con tantas dilaciones

por temor de haber prometido demasiado

 y dar tan sólo lo simple y lo poco.

Porque esta historia es casi nada”.

Clarice Lispector, La hora de la estrella

 

El verbo tener en todas las conjugaciones y connotaciones posibles se atraviesan en la lectura de La hora de la estrella. Tener algo, tener todo, tener mucho, no tener: “Todo mundo tem um primeiro namorado/só a bailarina que não tem”, dice la bailarina que se confiesa en la voz de Adriana Calcanhotto.

Ciranda da bailarina, la canción a la que pertenecen estas líneas, que actúa como fondo musical durante la escritura de estas palabras, y que le sugiero (o no) escuchar mientras lee esto, es solo uno de los muchos ejemplos de expresiones de mujeres a quienes les preocupa sobremanera tener algo, tener todo, tener mucho, no tener (amor). Sí, muchos; sí, mujeres; y sí, amor, hoy se me antoja hablar de amor. Las mujeres en las que pienso tienen algo, tienen todo, tienen mucho, no tienen.

Macabea, la nordestina cuyo nombre Lispector solo revela muy entrado el texto, no tiene si quiera labios para pintarse. La imagino untándose torpemente un colorete rosado sucio, o recordando el café con leche que Olímpico pagó para que ella bebiera. Le preocupa tanto no tener nada que ofrecer, que es casi como esta bailarina en quien no puedo dejar de pensar: “Teve escarlatina/Ou tem febre amárela/Só a bailarina que não tem” y procura darle al narrador de La hora de la estrella algo que decir en esta historia (este amor) que no es casi nada.

Me pregunto si el afán de esta muchachita es el mismo que el de la mujer que la escribe y el de la que la no-reseña. Construidas desde ese no tener, las tres se muestran, se destruyen y se inventan como la novela que protagonizan, escriben o no-reseñan, esa novela que cambia de título cuando se acaba el día o cuando se le antoja. Son las que no tienen, pero no sufren de las mismas carencias, y quien las lee y las recorre con los dedos les descubre nuevos huecos.

Vacías y vaciadas se alimentan unas de las otras, otras de las unas. O por lo menos eso pasa al reflexionar hoy sobre La hora de la estrella, pues quien se toma la libertad de introducir bailarinas de canciones y disertaciones que bien cabrían en otro libro no tiene algo que la otras sí: no es un personaje literario que protagoniza un argumento, ni vive un final trágico, todavía tendrá que esperar.

¿Prometí demasiado? ¿Es muy confuso para usted? ¿Tiene alguna duda al respecto? ¿También, como yo, se siente… decepcionado de lo que ha leído? ¿Hubiese preferido que incluyera comentarios sobre mujeres tan desesperadas por sentir desamor, que caminan por calles peligrosas esperando que las violen? No, esta vez no. Este solo será un rodeo para no preocuparme por no tener razones para preocuparme.

RASTROS DULCES EN MI BOCA “PROBONA”

La pequeña oruga glotona

Eric Carle

 

“El sábado atravesó masticando un trozo de pastel de chocolate,

un helado, un pepinillo, una loncha de queso, una rodaja de salchichón,

una piruleta, una porción de tarta de frutas, una salchicha,

una magdalena y un trozo de sandía”.

Eric Carle, La pequeña oruga glotona

No me gusta ordenar mi casa, porque la forma como quedan los platos sucios sobre la mesa, los libros fuera de la biblioteca y la ropa de toda la semana regada en el suelo son mi rastro, el rastro de quienes vienen aquí y alteran el orden de las cosas, un rastro, como los troquelados que deja la oruga glotona en las páginas del libro.

“¿Todavía existe mi cepillo de dientes en tu casa?”, le pregunté el jueves a la que el viernes dejó su bufanda en algún lugar de mi apartamento, un rastro. A veces encuentro cabellos rubios enredados con los míos en mi peinilla, otro rastro. Olores en mi ropa, sabores en la boca, música que canto a grito herido porque alguien la dejó en mi memoria, más rastros.

Buscando dejar rastros y que los dejaran en mí, el sábado cambié los últimos veinticinco mil pesos que tenía para este mes por la entrada a un bar gay. Necesitaba “equilibrarme”, un eufemismo que utilizaba una de mis psicólogas para justificar por qué me iba de rumba loca a darle besos a la mayor cantidad de mujeres desconocidas, para comerme a la que tuviera mejor sabor. Hace mucho no hacía eso, o mejor, hace tiempo no había encontrado tantas bocas dispuestas a dejarse probar.

Esta oruga no es glotona. ¿Acaso se hartó de postres y embutidos? No, sólo los probó. Los atravesó, dejó su rastro para escoger entre todos los manjares aquel que le brindara la satisfacción, o mariposas en el estómago, como diríamos los humanos. Su búsqueda fue tan intensa que no hubo mariposas, sino un “tremendo dolor de barriga” que se aplacó con la ingesta de las hojas verdes que siempre habían sido parte de su dieta.

Yo también estaba probando. Esa noche besé a casi todas las que se veían como manzanas, peras, ciruelas, fresas y naranjas, las mismas frutas que dejaron insatisfecha a la oruga “probona”. A mí sí me gustó el sabor y las porciones, disfruté los besos, el rastro dulce en la boca y mis huellas digitales.

Pero a sólo una, cuyos rastros adicionales fueron los diez dígitos de su celular y una insinuación tan pequeña y certera como la cereza en un helado, sólo a ella me gustaría probarla de nuevo, de día y sin sabor a vodka en mi garganta; saber algo más que su nombre y que su pelo crespo me alborota las mariposas; que ella me conozca, lea lo que escribo, debatamos sobre lo ofensivo y trillado que es comparar a las mujeres con comida y usar la palabra “comérmela” para no decir “tener sexo”, que yo me disculpe por mi enfoque machista y poco creativo y luego sigamos probándonos y probándonos para dejar más rastros.

  19 de diciembre