Calor y jugo de limón

Haiku
Iris Rivera y María Wernicke

Haiku

“Adentro había otra caja, y adentro otra y otra caja. Y al final una cajita llena de nada”.
Iris Rivera, Haiku

a la primera decepción

Cuando era niña leí en un libro cómo escribir mensajes ocultos. La espina Una hoja blanca, un pincel y el jugo de un limón era todo lo que necesitaba para plasmar unas palabras que solo su destinatario vería, tras pasar la plancha caliente sobre la nota, cuyas letras transparentes se tornarían beige, almendra, castaño… u otros tonos sepia como los que María Wernicke usó para ilustrar Haiku.

Ya olvidé qué decían los mensajes, hoja modificada pero sé que estaban dirigidos a mí, pues recuerdo el leve olor a papel quemado al descifrarlos. Lo olvidé porque lo crucial no eran las palabras sino el acto de esconderlas, después aprendí que esta es una característica de la literatura, permeada por el deseo de presentar un mensaje oculto tras las letras, mediante el uso de figuras retóricas como las metáforas.

Bajo esta premisa, leo libros como Haiku: adjudicándoles una carga semántica a ciertas palabras, asumiendo que esconden un secreto y, para descubrirlo, colmo los silencios con supuestos y teorías a través de la flor las cuales establezco conexiones entre el libro y otros libros, entre el libro y mi manera de ver la vida. Finalmente, plasmo mis hallazgos en no-reseñas como esta, en la que escribo el argumento del libro con jugo de limón.

El mensaje de Haiku era evidente para mí, pero para los demás estaba escrito “por los pájaros patas de tinta”, los caracteres extraños que pintó Wernicke y que solo personas como yo podemos descifrar. Ese secreto me hizo enamorar de la historia de dos niñas que por cosas de la vida ya no pueden estar juntas en el mismo lugar. Sin embargo, me gusta aún más ahora que descubro que puede que tal secreto no exista, oportunidad perdida que “a la hora en que las sombras se estiran, ella enrolló la sombra de Haiku y me la regaló” significa eso, nada más.

Envidio la destreza con que las autoras hacen memorable una historia sencilla, narrada mediante las palabras necesarias; y quisiera hacer lo mismo, pero la fuerza de la costumbre me hace recurrir al jugo de limón y no a la tinta, lo que en lenguaje directo quiere decir que prefiero escribir historias intrincadas, con personajes complicados, porque son más fáciles de hacer memorables que las de personas comunes y los momentos cotidianos.

Simplemente no puedo, tal vez este deseo sea opuesto a mi naturaleza o tal vez no tanto. Tal vez lo mío sea leer el haikú de Bashô, que dialoga con el libro de Rivera y Wernicke a manera de epígrafe, e intuir su relación tanto con la obra que acompaña como con mi poesía y, en consecuencia, esconder en esta no-reseña uno de mis poemas, aquel cuya forma y contenido se aproxima más a las de un haikú.

23 de marzo

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