Con todo el peso de las lágrimas

Breve historia de la infancia
Fe Bajo y José Luis Betrán

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“Un niño es una posibilidad”.
Adriana Urrea, La bella durmiente (conferencia)

A pesar de todos los datos sobre la historia del mundo a través de la situación de los niños que me sorprendieron a lo largo de esta lectura y que muchas de sus citas eran candidatas perfectas para ser epígrafe de esta no-reseña, no paraba de rondar en mi cabeza la imagen de una mujer delgada, vestida de negro, con un sastre ajustado que terminaba justo arriba de su rodilla, su cabello liso y suelto, gafas oscuras y sus tacones puntilla atravesando la calle mientras sostenía con ambas manos un ataúd diminuto. Yo la miraba desde el carro de mis papás, donde me había escondido para no juzgar a mis parientes porque fumaban sin parar fuera de la capilla, al otro lado de la calle, en la que acabábamos de despedir a una de mis tías favoritas que falleció tras una larga y dolorosa enfermedad pulmonar causada por el cigarrillo.

Ni esta mujer, ni su carga diminuta se borraron de mi memoria, pero no la tenía presente hasta el día que leí el subcapítulo “Ritos funerarios” de esta Breve historia de la infancia. “Cubra sus huesos el leve césped. Y tú, tierra no peses sobre él que tan ligero ha sido para ti” estuvo escrito en el sepulcro de un niño de la Antigua Grecia. Los autores lo incluyeron como ejemplo para probar que un niño inspiraba ternura y su muerte, un profundo sentimiento de injusticia en los adultos de la época. Después de veinticinco siglos, el epitafio sigue logrando el mismo efecto, por lo menos en mí, aunque no tengo hijos, ni he vivido la muerte de un ser querido que todavía tomara tetero y usara pañal.

Lo que más me impacta de esas muertes es que sean tan prematuras: era un hecho que el minúsculo cuerpo sin vida que contenía ese ataúd no tendría un mejor amigo ni un sabor de helado favorito, no se rasparía una rodilla, no tendría acné ni una crisis existencial, no tendría opiniones sobre nada, ni asistiría al funeral de su tía, que no dudó en acumular experiencias a lo largo de casi cuarenta años. Cortadas las infinitas posibilidades que implica el rumbo de una vida, él sólo permanecería en el recuerdo de esa mujer de negro y rostro inexpresivo; nadie más que ella se preguntará qué habría sido del mundo si su niño hubiese vivido el tiempo suficiente para requerir un ataúd de tamaño regular.

En cambio, no pasa lo mismo con esa masa infante que mencionan Bajo y Betrán. Estos niños, la mayoría sin nombre, me permitieron aprender cómo se amoldaron al lugar y la época en que nacieron, también cómo sus particularidades y necesidades afectaron la economía, las políticas públicas, las creencias y valores de la comunidad de la cual hicieron parte. Sin embargo, al poner en una balanza esta tonelada de conocimientos supremamente útiles y pertinentes para cumplir el objetivo que me tracé al empezar de leer el libro, esta se inclina con todo el peso de las lágrimas hacia ese epígrafe que bien podría ser del niño griego o del desconocido que conservo en mi recuerdo, resguardado tras ese ataúd diminuto.

 

Al tocarme siento piel

Seda

Alessandro Baricco

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“—Es un dolor extraño. […]

Morir de nostalgia por algo que no vivirás nunca”.

Seda, Alessandro Baricco

 

Cuando era niña, alguien me regaló una pijama de seda. El pantalón era verde oliva, como los puños y el cuello de la camisa. El resto de ella, también de seda, era de un tono claro, yo diría crema, sobre el cual descansaba un entramado de flores verde oliva, interrumpido por una hilera de grandes botones verdes. Recuerdo que al ponérmela sentía como si un abrazo frío cubriera mi cuerpo desde los tobillos hasta las muñecas y se detuviera en el cuello. Adoraba dormir con esa pijama porque, a pesar de que era helada, al usarla me sentía poderosa, como una emperatriz.

Era una sensación sublime y difícilmente repetible, hasta que conocí Seda: una historia que no es un poderoso abrazo frío sino que leerla es “como tener la nada entre los dedos”, las mismas palabras con las que Baldabiou (el personaje que urdió los primeros hilos de esta historia) define la sensación de tocar un velo tejido con seda japonesa.

Esas palabras se tradujeron en una arriesgada solución a los problemas de materia prima del pequeño pueblo francés que se hizo rico hilando seda y que puso su destino en las manos de Hervé Joncour, un hombre como esos “que prefieren asistir a su propia vida y consideran improcedente cualquier aspiración a vivirla” pero que, sin embargo, atravesó el mundo para conseguir huevos de gusano de seda, y en el proceso experimentó emociones tan profundas que, parafraseando a Baricco, su vida llovió frente a sus ojos.

Como mi vida no está escrita en ningún libro, al tocarme siento piel y sé que dentro de esta hay carne, huesos y otros órganos que me impiden ser personaje y me hacen persona, no puedo elegir si contemplarla, como Hervé Joncour antes de Japón, o que esta llueva frente a mis ojos, sino que camino sobre una línea en el medio de las dos opciones.

Esta nefasta pero saludable medianía se manifiesta hasta en pequeños detalles, como que es muy poco probable que alguna vez vista (o siquiera toque) esa seda que las palabras de Baricco transforman en la nada, porque nací mucho después de 1884, cuando un francés patentó la seda artificial y, por lo tanto, ya no es necesario que un hombre que prefiere contemplar su vida, la arriesgue en cuatro viajes de seis meses al año para obtener los huevos, que luego se harían larvas de cuyas excrecencias se obtendrían los hilos con los que tejerían una costosísima prenda tan ligera como la nada. Ahora puedo simplemente extrañar mi pijama que ya no recuerdo tan fría o toparme en un almacén por departamentos con un vestido de la colección Silk, comprarlo y no sentirme poderosa pero reservarlo con pudor para usarlo en ocasiones importantes, como las sesiones de club de lectura que he precedido para hablar de este libro tan corto y construido a partir de tantos silencios que es casi como leer la nada.

Eres un libro escrito en braille

El libro negro de los colores
Menena Cottin y Rosana Faría

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“Todos los colores le gustan a Tomás,
porque los oye, los huele, los toca y los saborea”.
Menena Cottin, El libro negro de los colores

Eres un libro escrito en braille. Negro, de pocas palabras y dibujos transparentes para ver con la yema de los dedos.

Me cuentas poco, muy poco, casi nada sobre Tomás, el que no puede ver los colores. Yo te leo atenta, recorro tus páginas oscuras y acartonadas. Siento las plumas de los pollitos, las diminutas semillas de las fresas, la textura crepitante delas hojas secas, el cielo sin nubes y el cielo con ellas. Palpo tu arcoíris, tu “césped” recién cortado, el cabello negro de la mamá de Tomás. Lo permites con gusto, pero no contenta con eso, me empeño en descifrar qué hay más adentro.

Paso los dedos por todos esos puntos que leo a ciegas y que mis “insabias” yemas no logran entender pese a que, en un oportuno gesto de consideración conmigo, tu última página es un abecedario en braille con su respectiva equivalencia de mayúsculas, números y letras.

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A pesar de tus esfuerzos y los míos, me cuesta… me cuesta inmensamente entender que no siempre necesito saber lo que escondes tras tus garabatos negros, y por eso insisto en hacerte ver el mundo de colores brillantes; estridentes; tan llamativos que te aturden, te exasperan hasta el punto de querer cerrar los ojos o mirar hacia otra parte.

Nunca pensé, querido libro escrito en braille, que solo con verte se me antojara tenerte, y después de tenerte descubriera que aunque veamos el mundo tan distinto y sean pocas las ocasiones en las que, sin saber cómo, yo entiendo tus puntos y tú usas mis palabras, agradezco habernos encontrado, agradezco cada noche en la que dormimos unidos por mi colorinche abrazo sobre tu lomo oscuro.

13 de septiembre

Respuestas de mi sabio padre para María

Escribí Respuestas para María y se la regalé a mi papá por su cumpleaños. El la leyó, la releyó y me pidió que esperara unos días para publicarla, puesto que había cometido incontables errores ortográficos y que él me haría una revisión gratuita.

Confieso que no esperé, la publiqué y usted la leyó… pero ayer recibí un correo electrónico con el asunto “CORRECCIÓN DE TEXTO GRATUITA” y el siguiente mensaje:

QUERIDA HIJA
TE ENVÍO LA VERSIÓN 13 CORREGIDA DE LA NO RESEÑA
YA SE PUEDE PUBLICAR

A continuación comparto con usted la versión 13 corregida por mi padre:

Respuestas para María
Espero un hermanito
Marianne Vilcoq

“Se tarda un montón en tener un hermano, ¿no?”.
Marianne Vilcoq, Espero un hermanito

María, la que espera un hermanito, está impaciente. Creo que se pregunta de dónde vienen los hermanos, no solo mientras vio que el abdomen de su mamá crecía y crecía como si se hubiese puesto un oso de peluche bajo el vestido, también ahora que el nuevo integrante de la familia está más grandecito, habla y hace todo lo que hace un hermanito común y corriente.
Marianne Vilcoq y la mamá de María no le han contado nada al respecto. Ambas se dedicaron a exponer ante los ojos, primero tensos y luego perplejos de María, la “barrigota” en la que su mamá esperó a su segundo hijo, ¡como si esa fuera la única manera de tener un hermano! Como ninguna le dijo de dónde vienen estos seres extraños, yo voy a hacerlo:
María, no sé si todos los casos son iguales, pero yo te voy a contar cómo aparecí yo y de dónde salió mi hermana, tal vez estas historias te den algunas pistas sobre la tuya. Si te parece que algo no encaja o es inverosímil, no me preguntes a mí sino a mi papá, que es quien sabe la mía, o a mi mamá, la que sabe muy bien la de mi hermana.

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La cigüeña que debía llevarme desde París hasta Cuchulandia, una tribu legendaria de la que solo sé por lo que conoce mi papá y cuyo único portal de acceso se abre cuando la cigüeña que lleva un nuevo Cuchú pasa por “el Triángulo de los Bermudas y bajo condiciones especiales, cambia la longitud de onda del espacio, deformando su vibración y solo así se puede reconocer su existencia”, tomado del testimonio de mi sabio padre.
El itinerario no se cumplió. La cigüeña presentó un “problema por la turbulencia” (lo sé, las cigüeñas no tienen problemas con la turbulencia, pero mi papá sabe que sí y nadie dudará de lo contrario), así que la cigüeña tuvo que hacer un aterrizaje forzoso en la clínica en la que estaba a punto de empezar la cesárea de mi mamá, y por eso no nací en Cuchulandia, donde creo que no existe ninguna de las cosas que me gustan; aunque a veces imagino cómo sería mi vida si esa turbulencia no se hubiera presentado: viviría donde todos son como yo y mis opiniones sobre la vida y el mundo serían más parecidas a la de los demás, por lo menos eso dice mi papá cuando menciono alguna de mis ideas “geniales”, como él las llama.
Mi hermana también quiere visitar el lugar de donde viene, y el de ella sí está en el mapa: se llama Popayán y, según mi mamá, allá todas las casas son blancas (es cierto, lo comprobé en Internet). Ella dice que viajó con mi papá allá para buscarme una nueva hermanita (que me enseñara a ser más Cuchú para que ellos pudieran entenderme, supongo yo); pero ella se quedó con los crespos hechos, porque mi verdadera hermana, que siempre ha sido muy decidida y autoritaria, le hizo entender a mis papás que YO ella era la mejor opción para la familia Giraldo Mejía. Y, como siempre, mi hermana tenía razón.
Me despido, María, espero que estas historias resuelvan las dudas que creo que tienes.
Att: Clara, a la que le llegó una hermana
Fé de erratas ….. no hay erratas

21 de septiembre

Respuestas para María

Espero un hermanito
Marianne Vilcoq

1

“Se tarda un montón en tener un hermano, ¿no?”.
Marianne Vilcoq, Espero un hermanito

María, la que espera un hermanito, está impaciente. Creo que se pregunta de dónde vienen los hermanos, no solo mientras vio que el abdomen de su mamá crecía y crecía como si se hubiese puesto un oso de peluche bajo el vestido, también ahora que el nuevo integrante de la familia está más grandecito, habla y hace todo lo que hace un hermanito común y corriente.

Marianne Vilcoq y la mamá de María no le han contado nada al respecto. Ambas se dedicaron a exponer ante los ojos, primero tensos y luego perplejos de María, la “barrigota” en la que su mamá esperó a su segundo hijo, ¡como si esa fuera la única manera de tener un hermano! Como ninguna le dijo de dónde vienen estos seres extraños, yo voy a hacerlo:

María, no sé si todos los casos son iguales, pero yo te voy a contar cómo aparecí yo y de dónde salió mi hermana, tal vez estas historias te den algunas pistas sobre la tuya. Si te parece que algo no encaja o es inverosímil, no me preguntes a mí sino a mi papá, que fue quien me contó la mía, o a mi mamá, la que sabe muy bien la de mi hermana.

La cigüeña que debía llevarme desde París hasta Cuchulandia, una tribu secreta de la que solo sé por lo que me ha contado mi papá y cuyo único portal de acceso se abre cuando la cigüeña que lleva un nuevo cuchú pasa por “el Triángulo de los Bermudas, bajo condiciones especiales, cambia la longitud de onda del espacio, deformando su vibración y solo así se puede sentir la existencia de Cuchulandia”, según el testimonio de mi sabio padre.

El itinerario no se cumplió. La cigüeña presentó un “problema de turbinas” (lo sé, las cigüeñas no tienen turbinas, pero mi papá cree que sí y nadie lo convencerá de lo contrario), así que la cigüeña tuvo que hacer un aterrizaje forzoso en la clínica en la que estaba a punto de empezar la cesárea de mi mamá, y gracias a eso no nací en Cuchulandia, donde no existe ninguna de las cosas que me gustan; aunque a veces imagino cómo sería mi vida si esa turbina no hubiera fallado: viviría donde todos son como yo y mis opiniones sobre la vida y el mundo serían más parecidas a la de los demás, por lo menos eso dice mi papá cuando menciono alguna de mis ideas “cuchués”, como él las llama.

Mi hermana también quiere visitar el lugar de donde viene, y el de ella sí está en el mapa: se llama Popayán y, según mi mamá, allá todas las casas son blancas (es cierto, lo comprobé en Internet). Ella dice que viajó con mi papá allá para buscarme una nueva hermanita (que me enseñara a no ser tan cuchú para que ellos pudieran entenderme, supongo yo); pero ella se quedó con los crespos hechos, porque mi verdadera hermana, que siempre ha sido muy decidida y autoritaria, le hizo entender a mis papás que ella era la mejor opción para la familia Giraldo Mejía. Y, como siempre, mi hermana tenía razón.

Me despido, María, espero que estas historias resuelvan las dudas que creo que tienes.

Att: Clara, a la que le llegó una hermana

21 de septiembre

Besos en mi casa y en mi cuerpo

¡Quiero un beso!
Carl Norac y Claude Dubois

la elegida

“Y yo, yo quiero un beso”.
Carl Norac y Claude Dubois, ¡Quiero un beso!

Todo coincidió para que después de querer muchos besos, el siguiente título en mi lista de no-reseñas fuera ¡Quiero un beso!

El viernes salí de la ducha y me sentí sexy, con ganas de besar y de que me besaran. Mi cuerpo pedía besos y tacto más que de costumbre, porque esa noche acudiría a un evento que esperaba hace casi un año: una orgía de chicas.

Tras una noche orgásmica, cinco mujeres me besaron; cada una se acercó a mi cama para agradecer mi hospitalidad, despedirse de mí y dejar mi boca impregnada de sus lenguas satisfechas. Yo quería un beso, recibí muchos y di otros tantos. Tantos, que ahora todas las esquinas de mi casa huelen a besos de mujer feliz.

Los siguientes tres días han sido como las tres últimas páginas de ¡Quiero un beso!: cargados de la paz que por fin se atreve a exigir Lola, a quien los autores obligan a dar y dar y dar más en todas las páginas. Ella parece una máquina de satisfacer los deseos de Leo, sus exigencias y cualquier capricho que se le ocurra a él, que solo sabe recibir.

Después de leer este libro y de recibir en mi casa y en mi cuerpo a estas mujeres, entendí que lo único recíproco es un beso. Pero uno bien dado, que abarque todo el cuerpo, que toque todos los poros y erice la piel de los involucrados, así que he decidido regalarle un beso a usted si, a cambio, recibo uno de su boca.

Ahora, de nuevo, quiero un beso… sin preguntas ni consecuencias. Quiero recibir un beso jugoso y entregar otro dulce, lento. ¡Quiero un beso! que no sea una retribución ni un intercambio como el de ellos, en el que él se porta como un patán insaciable y ella es simplemente una idiota. Quiero más besos como los que intercambié el viernes y como los que he tenido la suerte de dar y recibir. Específicamente, me gustaría que usted, lector, me besara la nariz. Búsqueme o déjeme encontrarlo, conózcame, sienta mi olor y el calor de mi cuerpo vivo cuando me le acerco. Besémonos, estoy segura de que lo disfrutaremos…

13 de septiembre

Un día, otro día

Contratono
María Gómez Lara

Contratono

“No quiero decir que buscara una poesía carente de ellas,
pero sí una poesía que no renegara de las dichas de la reflexión
y las sabidurías del poeta, es decir,
que fuera más allá de la mera confesión apaciguadora”.
Ida Vitale, Contratono

Un día escribí un poema triste sobre una gata que llamamos casi como el mar, y que dejó de ser nuestra porque la vida se le esfumó persiguiendo una mota de polvo a través de la ventana de un octavo piso. Otro día, o tal vez ese mismo, María escribió “Astillas”.
Un día no tan triste, pero errático y sin piso como hoy, se me ocurrió intercalar los versos de “Solo un nombre” entre los de un poema mío sin título. Me asombró descubrir que hablaban entre ellos, cada verso ajeno conversaba con uno propio, de todo y de nada, como un par de niñas sentadas compartiendo la lonchera en el recreo. Otro día leí el título de “Variaciones sobre un tema”, continué con el epígrafe “y el comienzo de mi vida sin tu cara / en otra parte. Rosella di Paolo”. No hice la pausa que indica el punto, y cuando mis ojos leyeron “pero dónde” en letras sin itálicas que indican la autoría de María Gómez Lara, sentí una conocida mezcla de angustia y regocijo, la misma que había sentido cuando brotó de mí la última palabra de un poema que, para efectos de esta no-reseña, llamaré “Manantial”, pero que seguramente usted no conoce, pues hace años no me atrevo a publicar.
Un día, en un prestigioso evento literario escribí, sin ningún asomo de vergüenza, un poema malísimo advirtiéndome a mí misma la importancia de no confundir a Emily Dickinson con Virginia Wolf. Otro día, antes de que Gómez Lara supiera que iba a escribir “Emily Dickinson”, ella me prestó su voz para hacer la de Alejandra Pizarnik conversando ante un auditorio con mi poema sin título.
Un día supe que mis poemas de concurso no sumaban los versos mínimos requeridos para participar en el de la Fundación Loewe, y suspiré para exhalar impotencia y una rabia pequeñita. Otro día, María terminó la difícil tarea de escoger los poemas que viajarían en un avión de carga, ahogados durante días en un sobre de manila rotulado “Contratono”, y esos mismos versos volverían grandes e importantes, encuadernados al calor y con la palabra “premio” sobriamente acomodada en la portada de la publicación editada por la Fundación Loewe.
Un día supe con claridad qué quería escribir en la no-reseña de este oportuno libro de poesía. Otro día la escribo, borro, empiezo de nuevo, le doy esta forma. Suspiro de nuevo porque esta no-reseña no es ni la sombra de lo que quise escribir un día, pero no lo lamento, porque aunque no va “más allá de la mera confesión apaciguadora”, es un grito de protesta de “Manantial”, “Sin título” y otros tantos poemas que conforman los cinco capítulos que hace dieciocho meses se aburren en una bolsa plástica, un grito tan agudo e insistente, que tal vez otro día se conviertan en mi próximo libro.

6 de julio