Vienen los tigres

Contra la locura
de Soledad Castresana

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“Yo tampoco sé cómo moverme en esta tierra de ecos,

pero soy la madre y voy a estar despierta”.

Soledad Castresana, Contra la locura

 

Estremecedor. Volver a empezar es estremecedor, como el tigre que se aunque se presenta sereno en la portada, en la página 48 hinca sus garras en mí hasta producirme lágrimas. Estremecedor. Por eso, para retomar por enésima vez la sana costumbre de escribir no-reseñas y publicarlas en este blog, tuve que leer dos veces Contra la locura.

No por enésima, sino por primera vez, mis padres tendrían una hija y por primera vez, yo sería una. Han pasado tres décadas y es evidente que ellos superaron el estremecimiento inicial y, con el tiempo, aprendieron qué hacer. Me pregunto cómo lo habrán hecho. Tal vez piensen que “si das todo de una vez pasa más rápido”. Sí, tal vez así hayan sabido qué hacer en los momentos de emergencia, angustia y decepción que han vivido por mí o conmigo.

Imagino los reproches de los primeros años, cuando mis padres descubrieron que “cuando tiene hambre, la hija grita, rompe las puertas de toda la casa, corre, enciende la luz del jardín. Me busca. Una vez saciada, bebe sus lágrimas. Después canta y se duerme sobre el hueco de mis costillas”. Imagino que en ese momento mis padres suspiraron con angustia porque descubrieron que “Es tarde. No he[mos] podido enseñarle nada”. También imagino que cuando Soledad Castresana lo descubrió, se levantó en medio de la noche (como lo hago yo ahora por otras razones), escribió ese poema y lo tituló “Malcriada”; en cambio mis padres optaron por… por… ¡no sé! Ahora me pregunto qué habrán hecho mis padres para aliviar esa impotencia, pero pronto esa pregunta deja de atormentarme porque en “Cacería” aparece por primera vez la palabra “tigre” y como estoy releyendo el libro, me anticipo al estremecimiento: ya sé lo que se avecina.

Ay, mis padres… me pregunto qué hubiese pasado si, como yo, ellos hubiesen sabido a tiempo que “los hijos se entregan al sueño con la confianza de los que no tienen historia”, mientras que los padres tardan mucho en volver a poder dormir porque “es la madera que cruje, me decían cuando era hija. Pero ahora sé que hay más entre el ruido y lo que escucho” ¡¿Qué hubiese pasado?! No tendrían ese halo de sabiduría que viene con la paternidad y, por ende, yo no tendría la oportunidad de existir, ni mucho menos de acudir a ellos para pedirles alimento y que apacigüen mi miedo a estar sola.

No les diré que lo que me da miedo de estar sola es que vienen los “Animales feroces” de la página 48, porque me dirán “esas cosas pasan” y yo no me daré cuenta de que mientras me lo dicen “sacaba[n] las sábanas rajadas y empujaba[n] a los animales hacia la puerta”. No me daré cuenta y, tan pronto esté saciada (como la hija de Soledad Castresana), terminaré de escribir esta no-reseña con la esperanza de que usted ansíe leer las siguientes y perdone mi inconstancia.

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