Al tocarme siento piel

Seda

Alessandro Baricco

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“—Es un dolor extraño. […]

Morir de nostalgia por algo que no vivirás nunca”.

Seda, Alessandro Baricco

 

Cuando era niña, alguien me regaló una pijama de seda. El pantalón era verde oliva, como los puños y el cuello de la camisa. El resto de ella, también de seda, era de un tono claro, yo diría crema, sobre el cual descansaba un entramado de flores verde oliva, interrumpido por una hilera de grandes botones verdes. Recuerdo que al ponérmela sentía como si un abrazo frío cubriera mi cuerpo desde los tobillos hasta las muñecas y se detuviera en el cuello. Adoraba dormir con esa pijama porque, a pesar de que era helada, al usarla me sentía poderosa, como una emperatriz.

Era una sensación sublime y difícilmente repetible, hasta que conocí Seda: una historia que no es un poderoso abrazo frío sino que leerla es “como tener la nada entre los dedos”, las mismas palabras con las que Baldabiou (el personaje que urdió los primeros hilos de esta historia) define la sensación de tocar un velo tejido con seda japonesa.

Esas palabras se tradujeron en una arriesgada solución a los problemas de materia prima del pequeño pueblo francés que se hizo rico hilando seda y que puso su destino en las manos de Hervé Joncour, un hombre como esos “que prefieren asistir a su propia vida y consideran improcedente cualquier aspiración a vivirla” pero que, sin embargo, atravesó el mundo para conseguir huevos de gusano de seda, y en el proceso experimentó emociones tan profundas que, parafraseando a Baricco, su vida llovió frente a sus ojos.

Como mi vida no está escrita en ningún libro, al tocarme siento piel y sé que dentro de esta hay carne, huesos y otros órganos que me impiden ser personaje y me hacen persona, no puedo elegir si contemplarla, como Hervé Joncour antes de Japón, o que esta llueva frente a mis ojos, sino que camino sobre una línea en el medio de las dos opciones.

Esta nefasta pero saludable medianía se manifiesta hasta en pequeños detalles, como que es muy poco probable que alguna vez vista (o siquiera toque) esa seda que las palabras de Baricco transforman en la nada, porque nací mucho después de 1884, cuando un francés patentó la seda artificial y, por lo tanto, ya no es necesario que un hombre que prefiere contemplar su vida, la arriesgue en cuatro viajes de seis meses al año para obtener los huevos, que luego se harían larvas de cuyas excrecencias se obtendrían los hilos con los que tejerían una costosísima prenda tan ligera como la nada. Ahora puedo simplemente extrañar mi pijama que ya no recuerdo tan fría o toparme en un almacén por departamentos con un vestido de la colección Silk, comprarlo y no sentirme poderosa pero reservarlo con pudor para usarlo en ocasiones importantes, como las sesiones de club de lectura que he precedido para hablar de este libro tan corto y construido a partir de tantos silencios que es casi como leer la nada.

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