Un súper poder que no quisiera tener

Johnny y el mar
Melba Escobar y Elizabeth Builes

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“Todo eso pensaba Manuela en el platón de la camioneta…”
Melba Escobar, Johnny y el mar

Esta historia se llama Johnny y el mar, pero no es sobre Johnny ni sobre el mar. Tampoco es sobre Pedro Flórez, el niño que corrió hasta perderse en la isla del mar de los siete colores. No. Esta historia es sobre Manuela, la mamá del escapista.
Como Pedro, yo también me perdí de la vista de mis padres. Era un conjunto residencial enorme al que iba con ellos y mi hermana a visitar a una tía muy viejita más o menos una vez al año. Todas las puertas eran iguales y las torres estaban separadas entre sí por pasillos laberínticos, parques y canchas de fútbol tan similares, que siempre tuve la sensación de caminar en círculos.
Recuerdo que me perdí, pero no si ese tiempo fue interminable o más bien corto. No sé si, como Pedro, conocí algún pirata y el secreto de un tesoro; tampoco si sentí alivio o zozobra al entender que estaba sola. No recuerdo nada, solo me quedó el vacío en el estómago al enterarme de todo lo que tuvieron que hacer para encontrarme. Todavía puedo sentir la impotencia de mi papá, que maldecía no poder derribar las torres infinitas que le impedían ver el paradero de su niña…
“Mamá, encuéntrame, por favor, por favor”, suplicó Pedro encogido de tristeza; pero en cuanto descubrió que el misterioso pirata que le dio posada tenía muy buena sazón y una lora parlanchina que había acompañado a tres generaciones de piratas, la angustia se transformó en la curiosidad que nadie reprocharía en un niño, y dejó de añorar que ella lo encontrara.
Aunque me identifiqué desde las primeras líneas con este niño, centré mi atención y empatía en mi papá, que aunque sabe dónde estoy, aún parece buscarme con ahínco hasta debajo de las piedras; y en Manuela de pie en el platón de una camioneta en la que atravesó la isla para volver a ver a su hijo.
Papá, ¿qué estaría pasando por tu mente en ese momento?, ¿qué sentías? Sé que Manuela admitía sus equivocaciones, se reprochaba en silencio haber protegido en exceso a su niño, se prometió dejarlo ser y hablarle con la honestidad que él pedía a gritos sobre la situación de su papá. Pensó en por qué las relaciones se acaban y que Pedro entendería sus razones.
Me sorprendió el aplomo con el que ella, en medio de esta crisis y de la intranquilidad que supongo que solo puede sentir alguien que no encuentra a su hijo perdido, fue capaz de aclarar su mente y encontrar la manera de darle a Pedro las respuestas que desataron su desenfrenada carrera en el primer capítulo. No sé cómo alguien puede pensar con tanto fervor en el bienestar de un tercero, cuando debe vivir la insufrible experiencia de una ruptura y las consecuencias de esta en todos los aspectos de su vida, ¡es el equivalente emocional de sacarse la comida de la boca para dársela a sus hijos! La paternidad ha de ser un súper poder que con toda seguridad no quisiera tener, por eso agradezco papá, que tú lo tengas y que nunca, nunca te canses de querer buscarme.

20 de enero

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