Princesas sin cabello

No-reseña del libro
La princesa de largos cabellos
de Annemarie van Haeringen

La princesa de los cabellos largos

 “El cabello es el tesoro más valioso de una mujer.
¡Cuanto más largo, mejor!”.
Annemarie van Haeringen, La princesa de largos cabellos

Mi papá, mi mamá, mi hermana y yo ―cuatro personas con el cabello tan corto que en mi casa no se pronunciaban las palabras “peinilla” ni “desenredar”― fuimos con mi prima, la de los largos cabellos, a un paseo campestre. Nosotras, hijas de una mujer muy descomplicada, asistimos al evento con nuestras sudaderas grises, el atuendo favorito de mi mamá porque era fácil de poner y difícil de ensuciar; mi prima, en cambio, lucía un vestido precioso combinado perfectamente con los lazos que adornaban su cabellera espectacular. “Oiga monita, ¿por qué no baila con sus hermanitos?” le dijo una perfecta desconocida a mi prima, con los ojos fijos en sus zapatos de charol o en las cabezas casi peladas de los especímenes grises que acompañaban a semejante belleza.

No tengo una cara masculina, pero las reglas dicen que las niñas tienen el cabello largo y los niños, corto; por lo tanto, la lógica aristotélica le da la razón a la molesta desconocida. La única forma de erradicar ese problema de raíz era rehusarme a usar de nuevo ese horrendo conjunto color ratón, exigir que me pusieran vestidos bonitos como los de mi prima y, el paso definitivo, no volver a una peluquería hasta que mi cabello creciera tanto como el de la princesa de largos cabellos. “¡Cuánto más largo, mejor!”, como dice el rey de la historia de van Haeringen.

Durante los ocho años siguientes, descubrí que mi cabello era de color miel, y brillaba cuando lo tocaba el sol. El peso que aportó a mi cuerpo mejoró mi postura, y el tiempo que invertía en peinarlo o despeinarlo era mi hora favorita del día. Mis rizos y volumen protagonizaron muchas fotografías, hasta que otras partes de mi cuerpo reclamaron la atención volcada hacia mi cabello: la válvula de Hakim, que regulaba el flujo de líquido cefalorraquídeo desde mi tercer día de vida, dejó de funcionar correctamente; en consecuencia, este se filtró y se acumuló en mi nervio óptico izquierdo,  por eso veía doble. La solución: una cirugía para reemplazar la válvula defectuosa por una versión más avanzada.

La noche anterior a la cirugía, mi cabello enmarañado por tantos días en cama alcanzaba a cubrir la mitad de mi espalda. Tenía miedo, entonces llamé a la mujer que me peinaba cuando era más pequeña. (Apuesto que la princesa de largos cabellos también tenía miedo, por eso se escapó con hombre fuerte del circo, quien asumió con gusto el peso de su interminable cabello). Por la mañana, la mujer que me peinaba, volvió a hacerlo; tardó casi una hora en desenredar los nudos, hizo muchas trenzas gruesas para repartir entre mis seres queridos, las ató con cauchos para el cabello y después las cortó, una enfermera terminó el trabajo. Completamente calva, entré al quirófano, del que salí con válvula nueva, la vista perfecta y, como la princesa, sin el más mínimo remordimiento por deshacerme de mis largos cabellos.

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