Su propio recipiente

Narciso en vilo

Ignacio Zuleta Lleras – Dharmadeva

  “Pensando con las ganas, quería que Bío durara para siempre a su lado”.

Ignacio Zuleta – Dharmadeva, Narciso en vilo

narciso en vilo

Ignacio Zuleta prefiere ser llamado Dharmadeva porque ese nombre dice más sobre quién es él; por eso C, la autora de esta no-reseña, lo llamará D a lo largo de esta. La A designará a la primera persona con quien C pensó en vivir para siempre, pues es la inicial de su nombre de pila; y la B representará a la segunda, solo para conservar el orden alfabético.

Hace tiempo, A y C se cubrieron de la lluvia bajo el puente peatonal del estadio el Campín. En ese escenario tan romántico, A le dijo: “Ojalá lo nuestro dure para siempre” y C le contestó con el aplomo que la caracterizaba: “Para siempre no, que dure lo suficiente”. El día que B y C se conocieron, C le arrancó la promesa que encabezó la lista que escribieron a cuatro manos: Planes para toda la vida.

Se supone las experiencias se traducen en enseñanzas que impiden equivocarse ante situaciones similares. Pero no fue así en el caso de C porque, después de saber que nada dura para siempre, conoció la estabilidad que le brindaban las palabras de B y quiso envejecer a su lado; en otras palabras, olvidó que su único plan era nunca tener planes.

D, en cambio, lo tenía todo planeado: escribió Narciso en vilo, se fue a la India a cambiar de nombre y de vida, y volvió a Colombia a publicar su manuscrito veinte años después, el tiempo preciso para que C se encontrara de frente con la historia de Andrés y Bío, los dos personajes a quienes D obliga a conocerse y a notar que el otro también lleva medias verdes; Bío y Andrés, dos hombres que C confunde con Narciso y consigo misma, primero a uno, después al otro, a veces a los dos.

Cuando C piensa en A, en su cabeza calva, en sus deliciosos actos impulsivos, en sus ojos brillantes al tocar batería, en su resistencia a tomar el litio y la fluoxetina para reducir los desequilibrios emocionales asociados a su maniacodepresión y en la dificultad que le costó a ella recordar todos estos detalles, ella vive Narciso desde los zapatos de Andrés, que ya no busca nada porque sabe que lo todo lo que necesita es la presencia de Bío. Ella reflexiona y se siente vulnerable, tiene miedo de admitir que su relación con A, la más significativa en términos de tiempo, promesas y recuerdos, también podría considerarse como un modelo de dependencia mutua en el que A grita por ayuda y C necesita ser su salvación.

Para contrarrestar este efecto, C buscaba a alguien que fuera como Andrés, para que ella pudiese disfrazarse de Bío. Para esto, se hizo líquida y así adoptó la forma de cualquier recipiente, de cualquier persona que quisiera contenerla, como B, amante fiel de un estilo de vida que implica planearlo todo. B intentó de corazón ser su recipiente, pero este líquido se empeña en ser demasiado denso. Rompió el cristal y C ahora es un charco en el suelo.

C no quiere ser eso, por eso ya no jugará a ser Bío ni Andrés, mucho menos A ni B. Desde ahora, y por el tiempo que lo necesite será su propio recipiente.

11 de julio

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