El tiempo que haga falta

Yo, Milton

Haydé Ardalan

yo-milton

“De vez en cuando estoy de mal humor

y paso horas en silencio,

así, viendo la pared”

Yo, Milton, Haydé Ardalan

Milton ha vivido en mi biblioteca durante algunos años, no recuerdo cuántos. Sus patitas a una tinta removieron mis entrañas cuando me lo regaló la que sin darme nada me hacía remover las entrañas. Después ella decidió olvidarme. Era mejor así. De modo que yo también opté por olvidar a Milton.

Inmóvil, paciente, este libro esperó a que fuera de nuevo su momento. ¡Y lo obtuvo! Otra gata lo tomó entre sus garritas, apreció su cuidadosa encuadernación rústica, miró sus letras despacio y pasó las hojas brillantes mientras acariciaba el contorno de Milton en las ilustraciones.

“Yo soy Milton, este es mi libro” creo recordar que dijo.

El día que elegí abrirle las puertas de mi casa, para pusiera sus pensamientos en orden, escapara de una vida que la tenía hasta la coronilla, e hiciera parte fundamental de la mía, ella misma tomó el libro entre sus garritas y puso muchos billetes de todos los colores en una de las páginas negras y blancas. Era todo lo que tenía.

Casi sin notarlo, ambas aprendimos a vivir juntas, como asumo que hicieron Milton y quien vela por él (quien curiosamente ni se asoma en ninguna página del libro). Sin embargo, desde anoche la gata en cuestión está de mal humor. No miró por la ventana, como Milton, pero sí cerró los ojos durante muchas horas, ¡muchísimas! En realidad no tantas, pero insoportables para mí.

Ojalá ella y yo, incluso usted, fuésemos como Milton, ese ser de orejas puntiagudas, pelos por todas partes, que no teme por las consecuencias de sus actos o sus omisiones, y que “por la noche descans[a] pensando en todo lo que [l]e sucederá mañana”.

Yo espero que mañana, la gata se levante descansada; de pocas palabras, pero no muda como hoy. Me encantaría que se dejara mimar en exceso como es nuestra costumbre; me extrañe solo un poco, durante las tres horas que pienso ausentarme; y que luego sus cuatro patitas y yo vayamos a ver a la doctora que le dirá por qué pasa horas y horas mirando a la ventana, por qué ver pasar los días algunas veces le da lo mismo, y le pregunte qué siente y qué le asusta, mientras yo la espero afuera leyendo una revista tonta o un libro que lleve de nuestra casa.

Ya de vuelta, me moriría de la felicidad si sonríe como me gusta (mostrando sus dientecitos blancos y bonitos); hacemos algo que nos ponga aún más contentas, como leer Yo, Milton; pensamos en todo lo que haremos juntas pasado mañana; luego dormimos horas y horas… el tiempo que haga falta.

 

6 de mayo

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