Responsabilidades infantiles

La señora de los libros

Heather Henson

la señora de los libros

“Y suerte que lo hago yo…

porque, si mi mamá la dejara,

mi hermana Lark se pasaría el día entero

enfrascada en algún libro”.

Heather Henson, La señora de los libros

Antes de que siga leyendo, le advierto en el tono más agresivo que soporta la página de un libro, que por ningún motivo le está permitido reírse de la confesión que haré a continuación. (Un poco de tensión para dilatar el siguiente momento bochornoso). Confieso que no sé montar en bicicleta. Lamento decepcionarlo, pero sí, esta tontería es mi secreto mejor guardado.

Si ya se ha recuperado lo que sea que haya sentido al leer esta cosa sin sentido, que sí significa algo para mí, le sugiero que no se concentre en que no sé montar en bicicleta, sino que lea por qué nunca aprendí a hacerlo.

Cuando un niño tiene siete u ocho años, su instinto lo conduce a dominar el arte del ciclismo, así que le pide al Niño Dios que le traiga una bicicleta o practica en la de sus amigos. Mi hermana es tres meses mayor que yo y, aunque eso no explica nada, todos los eventos relevantes en su infancia y adolescencia sucedieron más o menos tres meses antes que en la mía. Esto incluye, sin duda, la extraña obsesión por mantener el equilibrio y desplazarse en ese aparato despreciable de dos ruedas y pedales.

Sus primeras incursiones en el mundo del ciclismo resultaron nefastas: muchas caídas, rodillas sangrantes, moretones en lugares insospechados. Así que pensé: “Eso no es para mí”, las misma opinión que manifestó el narrador de La señora de los libros, cuando ella le ofreció sus mamotretos. Definitivamente, los accidentes deportivos no son para mí, por eso declaré que no estaba dispuesta a arriesgar mi piel sin cicatrices ni magulladuras, ni la integridad de mis huesos hasta entonces libres de fracturas, a cambio de evitar futuros momentos embarazosos, es decir, todas las situaciones en las que me he visto obligada a confesar mi imposibilidad de montar en bicicleta.

En otras palabras, y para que esta importante confesión se relacione con el libro que usé de pretexto para esta no-reseña, me convertí en Lark, la hermana súper lectora del antipático niño que no delira por las aventuras que se narran en los grandes clásicos, y a quien Henson elige como narrador. Inmersa en la lectura de todo lo que tuviese a mi alcance, evadí mis responsabilidades infantiles: no sé montar en bicicleta, soy una vergüenza sobre patines, no conozco ninguna técnica para lanzar un yoyo y nunca gané una carrera hasta la esquina.

“Lark se la pasaría el día entero enfrascada en algún libro”, yo también; así evitaría lesionarme de cualquier manera, excepto algunas cortaditas en los dedos cuando pase las páginas, leves dolores musculares por llevar muchos libros en la maleta y la hipermetropía, una condición casi obligatoria para quien se autoproclama adicto a la lectura.

7 de julio

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