Excelentemente bien escrito

Matilda

Ronald Dahl

matilda

“―El señor Hemingway dice algunas cosas que no comprendo―

 dijo Matilda ―. Especialmente sombre hombres y mujeres”.

Ronald Dahl, Matilda

 

Pienso en Matilda, y la primera imagen que pasa por mi mente son los ojos brillantes de Mara Wilson. A punto de terminar su relectura, elijo cerrar el libro y ver La pontífice en televisión; sin embargo, pienso en Matilda.

Tanto Matilda como Joanne, la Pontífice, tienen claro que quieren aprender, aprender y luego aprender más. Tanto el papá de Matilda, que para mí siempre será Danny de Vito, como el de Joanne tienen claro que sus hijas no tienen ningún motivo para estar tan interesadas por el aprendizaje y, en un ataque de histeria se desquitan con los libros de las dos niñas.

Ahora pienso en esos dos hombres: los que mantienen a la familia, los que siempre tienen la razón, elevando el libro por los aires, decididos a erradicar esa fuente de conocimiento que tanto atrae a sus hijas, solo porque ellos no lo entienden: uno porque no sabe griego, pues no es una lengua del Señor; y el otro porque, como a cualquier persona que no le atraen los libros, decir Steinbeck es lo mismo que decir Hemingway.

Confieso sin vergüenza que no tenía idea que el primer escritor existiera y tampoco podría nombrar una sola obra de Hemingway. Lo único que sé de él es pronunciar correctamente su apellido: Jé-min-uei. Este ínfimo dato me da el poder que da el conocimiento: la posibilidad de sentirse superior ante otros que no saben lo que yo sí. Los pone en desventaja, los pone a mi merced. Humillar a otros con mi sabiduría, me llena el cuerpo con una soberbia sensación de felicidad.

Nunca había tenido la oportunidad de jactarme tanto de la ignorancia de otros, hasta asistí a un taller de cuento, dirigido por un personaje a quien, basada en mis experiencias en otros espacios similares, descalifiqué primero como tallerista, por sus incongruentes consejos y triste manejo de las herramientas metodológicas básicas conocidas como conceptos; después como escritor, por la lectura en voz alta de un fragmento de su obra; más tarde como una persona grata, dada la constante expresión de opiniones misóginas, recalcitrantes, traídas de los cabellos y dichas sin ton ni son. (Advertencia: ahora seré realmente arrogante). Eso no es nada, comparado con su inaceptable manera de destruir el lenguaje, que presentí cuando citó a su gurú: Gemingüéy, (sí, así lo oirían de su boca: Ge-min-güéy, una palabra aguda imposible en inglés), y comprobé en otra sesión, cuando le dijo a todos los presentes que mi cuento estaba “excelentemente bien escrito”. ¿¡Ah!?

Ahora que releo esta no-reseña, después de diecisiete meses de haberla escrito, pienso que le faltaba un final, casi una moraleja. Así que, como ya actué como Matilda, ahora debería seguir los consejos tácitos de Joanne sobre la humildad pero, para no terminar como ella, mejor me arriesgo a revisar los apuntes de ese curso… ¿qué podría salir mal?

             29 de junio

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