Nueve actos impulsivos y un epílogo rebuscado

En dosis diarias N°1.1

Alberto Montt

en dosis diarias 1 1

 “Sabes que no soy un Dios castigador ni mucho menos, Hijo Mío.

Pero si no te comes toooodos los garbanzos,

tendré que enviarte a la Tierra a limpiar los pecados de la humanidad”.

Alberto Montt, En dosis diarias N°1.1

 

Primer acto impulsivo: cualquier día de diciembre, mis papás nos cuentan a mi hermana y a mí que viviríamos en Manizales a partir de enero, para empezar el año escolar. Segundo acto impulsivo: como fue imposible conseguir dos cupos en el colegio donde estudiaban nuestros amigos paisas, mi mamá nos matricula en un bonito colegio franciscano. Tercer acto impulsivo: a mi papá le llega de la nada un trabajo buenísimo en Bogotá, así que en teoría, seguimos nuestra vida normal; en teoría, claro está, porque mi hermana y yo ya no tenemos el cupo en nuestro antiguo colegio. Cuarto acto impulsivo: como las monjitas, muy eficientes ellas, ya entregaron las donaciones anuales a los niños de escasos recursos de tan pintoresca ciudad, les resulta imposible devolverle a mi mamá el dinero pagado por concepto de matrícula; pero, como Dios sabe cómo hace sus cosas, la rectora escribe una carta con su inconfundible letra de monjita en la que asegura que mi hermana y yo somos niñas de bien, muy inteligentes y bien comportaditas; con ese documento, mi mamá obtiene de inmediato dos cupos para que sus princesas estudiaran en la sede que el bonito colegio franciscano tiene en Bogotá. Quinto acto impulsivo: con la inocencia normal de mis diez años, pregunto sosteniendo mi horario de clases con la mano izquierda: “¿el jueves a primera hora dice ‘Misa’, o yo estoy leyendo mal?”. Sexto acto impulsivo: antes de salir a vacaciones de mitad de año, las monjitas descubren con horror que las hermanitas Giraldo no han probado el cuerpo de Cristo; para remediar semejante descuido paternal, Dios los perdone, nos incluyen en la ceremonia de octubre para que, después de mil horas de catecismo, por fin podamos comulgar. Séptimo acto impulsivo: casi todos los jueves, me deja la ruta, me da mareo matinal, olvido dónde es la capilla; técnicamente este desafortunado hecho no califica ni como acto ni como impulsivo, es más apropiado llamarlo “casualidad” o “Voluntad Divina”, pero lo incluyo porque me entristece pensar en las horas de Misa a las que tuve que faltar. Octavo acto impulsivo: las monjitas nos informan a las estudiantes de once que por las tardes recibiremos la preparación para la Confirmación; apoyada en mi don de la palabra y en el Artículo 13 de la Constitución, escribo una carta ―que nunca llegó a su destinatario original― en la que exijo mi derecho a la educación, previendo que las monjitas me nieguen mi diploma por preferir quedarme en mi casa el día de tan esperado evento. Noveno acto impulsivo: solo por variar, asisto con gusto a la ceremonia religiosa en honor a la promoción 2001. Epílogo rebuscado: leo En dosis diarias y concluyo, sin más argumentos que mi estrecha relación con el Señor, que para que la mente de Montt produzca cada día una viñeta envenenada con el deseo de burlase de todas las instituciones, incluido el Creador, él protagonizó diez actos impulsivos, como yo.

25 de junio

 

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