Todos como el lobo

Bocaflor

Triunfo Arciniegas

bocaflor

“¿Crees que me gusta que me descosan y me cosan a cada rato?

 ―dijo el lobo―. Voy a buscarme un amor más fácil”.

Triunfo Arciniegas, Bocaflor

 

Hoy mi cuerpo sintió la necesidad de escribir esta no-reseña, a pesar de comprometerme conmigo misma a dejarlas por un tiempo para concentrarme en mi nuevo antojo: Salida discreta por la puerta del fondo, un cuento que estoy escribiendo para enviarlo a un concurso; ganarlo; reclamar el segundo premio: un tiquete ida y regreso a São Paulo; llegar allá; visitar a mi mejor amigo, perderme en un par de atracciones turísticas y conocer a Bariloche.

Sí, Bariloche en São Paulo o en Atenas, incluso en Ubaté, porque Bariloche no es solo un lugar: Triunfo Arciniegas le robó el nombre a mi ciudad favorita para ponérselo a “un tipo arriesgado que no le teme a las negras grandes”, como Bocaflor, y se atreve a enamorarla en su sillón volador, a construirle la cometa que ella le pidió cuando él le propuso matrimonio, a hacerle un lugar en su vida; y ella, a cambio, le da tantos besos que lo convierte en globo. Parece inverosímil, pero si se trata de mí solo se requieren noventa días de amor exacerbado para inflarme como un dirigible y hacerme olvidar quién soy para convertirme en la novia de alguien: ver por sus ojos, sentir con su piel y hablar con mis palabras caprichosas.

“Quiero un Bariloche”, exclamé con sonrisa de damisela a punto de ser salvada del  peligro; por eso, esta no-reseña sería una apología a mi Bariloche o a mi Bocaflor, es decir, a la persona de ojos inmensos en quien me aferro cuando me pregunto(an) si alguna vez me he enamorado. Sin embargo, las cosas nunca salen como se planean, en especial si las planeo yo.

Acerco mis dedos a mi nariz y la siento a ella. Literalmente huelen a ella porque pasé mis dedos por toda ella con todas sus ganas, pero sin su consentimiento. Tal como aprendí de las telenovelas que veía sin falta después de llegar del colegio, cerré con seguro y me puse entre ella y la puerta para impedir que saliera, mi cuerpo resistió un poco, pero finalmente ella logró zafarse de mi terco deseo de secuestrarla por una hora. Fui una bestia. Me empecino en tantos caprichos que con ellos podría inflar un globo, o convertirme en uno… si ese fuera mi antojo.

Durante primeros treinta días, mis caprichos nos parecían maravillosos, divertidísimos, una muy curiosa manera de vivir: una fiesta. Ella se cansó de tanto bailar y pidió un respiro: treinta días para volver a la normalidad, pisar territorio conocido, dejar de extrañar quien era antes de que la saturara de mí. En dosis más reducidas, ambas disfrutamos mis disparates y, por fin, ella me dijo el suyo; por eso, el día noventa de esta historia ocurre frente a una botella de 120 ―el vino que ahora me sabe a ella―, sentadas en el Café del Mar, que desde ese día es su lugar feliz.

(Espacio para un suspiro). Despierta, Bariloche no existe, es un personaje de ficción. Nadie ama tanto, ni con tan enfermiza devoción; todos, como el lobo, buscamos un amor más fácil, así siempre es más sano y mejor.

23 de junio

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