Noventa días

No-reseña del libro

La muñeca y la castañera

de Roberto Aliaga y Maja Celija

 

“No puedes dormir con ella.

¡Si se cae, se romperá la cabeza!”.

Roberto Aliaga, La muñeca y la castañera

la muñeca y la castañera

Prepárese, señor lector: mientras usted lee estas palabras, yo dejo de ser humana para transformarme en la muñeca de porcelana “de pelo rizado [y] la boca pequeña”, como dice Roberto de Aliaga, que un señor con abrigo, sombrero y paraguas olvidó en la nieve porque yo era un juguete más entre las decenas que había comprado en la juguetería.

No tardé mucho en la nieve, casi de inmediato me recogió la castañera quien creyó saber que lo que me hacía falta era una niña que me quisiera, así que yo sería el regalo perfecto para su nieta Marcela, una niña tan humilde “que ni siquiera tenía una puerta que cerrar por las noches”.

Las intenciones de la ancianita eran buenas, pero olvidó un pequeño detalle: Marcela ya tenía una muñeca de trapo que amaba con el alma desde hacía años. Tampoco advirtió que mientras usted sigue leyendo, todas mis exnovias se están haciendo una en el cuerpo de Marcela y mucho menos sabría que las exnovias de mis exnovias ahora toman la forma de esa muñeca de trapo a quien tuve la “suerte” de reemplazar por una noche, según el tiempo del relato de Roberto Aliaga.

Todas las Marcelas que han intentado cambiar sus más normales y conocidas muñecas de trapo por mí han fracasado en noventa días, pero ninguna ha sido tan perversa: ninguna de ellas me dejó frente a la basura para ocupar el lugar de su idolatrada muñeca sin ojos, zapatos ni vestido. Por fortuna, las Marcelas que han renunciado a mi presencia no perpetuaron este acto ruin a través de un narrador que, como en La muñeca y la castañera, describió la escena con un ofensivo sarcasmo que apela a la condición frágil de esa muñeca que vendría siendo yo hasta que usted termine de leer esta no-reseña.

Agradezco a que las que un día me llenaron de caricias y me dijeron “novia” no haberme botado a la basura “con mucho cuidado, no fuera a estropear[m]e”, como lo hizo Marcela mientras su abuela dormía. Ellas lo hicieron como un acto de liberación, el mismo que las llevó a permitirse unas cortas vacaciones de sus vidas para ensuciar mi vestido con sus manos, besar mi porcelana aunque se me fuera la pintura y correr el riesgo de que un mal movimiento me rompiera la cabeza, cuando mi personalidad arrolladora la sedujo para que durmieran conmigo.

Tras ese paréntesis de porcelana en sus vidas, ellas volvieron al trapo, pues a pesar de todas mis virtudes, ellas necesitaban de “un abrazo de [una] muñeca”, que pudieran apretar sin temor a destrozarla y que siempre estuviera ahí para ellas, solo para ellas.

En este punto, tomo una larga bocanada de aire y ahora, con mis pulmones renovados, me devuelvo a la mitad del libro, cuando el hombre de sombrero que me sacó de la juguetería (junto con una cantidad exagerada de mis compañeros de vitrina, cada uno empacado en una bonita caja azul) me dejó caer y me olvidó en la nieve. Reviso mis brazos, mis piernas, mi cara y me sorprendo al darme cuenta que ¡no me he quebrado!; y espero a que el hombre se devuelva, me recoja y me lleve a una guardería fina, donde mi resistente porcelana pueda complacer a muchas niñas a la vez, a ver si entre todas batimos el récord de los noventa días.

20 de octubre

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