ESTRELLAS ESTRELLADAS

Tantos tigres atados

Moon-hee Kwon

“A la mañana siguiente, todos los tigres de la montaña

 estaban atados como si fueran las cuentas de un collar”.

Moon-hee Kwon, Tantos tigres atados

Una pregunta: ¿cómo hubiesen resultado las cosas si el niño perezoso que protagoniza este libro naciera estrellado y no con estrella? Lo pregunto por curiosidad, sin resentimiento, porque no me hace falta la estrella de ese perezoso, yo también nací con estrella. Ahí está, aunque sólo la haya usado para tonterías y pequeñísimas satisfacciones, y no para arreglar mi futuro económico de por vida, como hizo el niño que logró tener tantos tigres atados.

Los que nacemos con estrella no sabemos qué es perder una oportunidad, ni siquiera entendemos por qué la gente espera para obtener lo que quiere, nosotros lo conseguimos de inmediato. No necesitamos deseos de cumpleaños, ni pataditas de la buena suerte.

He tenido este libro en mis manos en tres oportunidades: la primera lectura me dio risa; la segunda, seguridad; y la tercera, me recordó mi estrella. Pero si quisiera hablar sobre este libro escribiría una reseña, y usted y yo sabemos que no quiero hacer eso, así que basta de los Tigres y volvamos a mí, a mi estrella tan deslumbrante que brilla cuando apagan la luz.

“Clarita vive en un mundo como de mentiras”, comentó mi primo. No recuerdo la conversación exacta, pero antes o después de decir eso nos estaba contando a todos los presentes, con una sonrisa en la cara y los ojos chiquititos, que está trabajando como un demente y las deudas lo tienen hasta el cuello. Se le nota que le encanta esa vida.

A Clarita también le encanta vivir en un mundo como de mentiras, ese mundo que sólo conocemos quienes tenemos estrella; un mundo en el que nosotros obtenemos exactamente lo que queremos. El problema, así suene a calamidades de niña consentida, es que Clarita no sabe qué quiere, así que no obtiene nada.

El niño perezoso sí sabía lo que quería, por eso le bastó una idea extraña, imposible, absolutamente traída de los cabellos. Sin decirnos su plan, el perezoso se levantó de su letargo e hizo lo que quiso; por lo tanto, obtuvo lo que quería. Apuesto que en este momento quiere colarse excesivamente en mi no-reseña y por eso sólo se me ocurre hablar de él.

¡Basta! Clarita no quiere hablar más de ese niño que no tiene nombre, porque está segura que no tiene nombre para que, en lugar de escribir “Pepito” y ya, Clarita tenga que usar muchas palabras para referirse a él, y así no le quede espacio para hablar de ella. Tal vez este libro no sea sobre ella; tal vez, sólo tal vez, Moon-hee Kwon no tiene idea quién es Clara Giraldo y escribió este libro pensando en alguien más. Tal vez todo el mundo tenga estrella, suena hasta normal; de hecho, también suena más sensato admitir que hay días en los que Clarita amanece estrellada, en los que le toca vivir en un mundo como de verdad; un día como mañana, cuando tendrá que levantarse temprano a hacer un reclamo en una oficina de su proveedor de Internet.

29 de mayo

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