LA PRINCESA DEL CUENTO

Saltarines

Olga Cuéllar

 

“Con mis pies, pies, pies, salto yo”.

Olga Cuéllar, Saltarines

 

 Nunca aprendí a saltar lazo. Hacer pasar esa cuerda por el suelo mientras, en perfecta sincronía, yo me elevaba en el aire me parecía (y me parece) prácticamente imposible. Ni hablar del siguiente nivel: el lazo es tan largo que otras manos baten la cuerda para que ¡saltemos todos al tiempo!

Pedirle eso a un ser humano es una abominación; sin embargo, Olga Cuéllar se regodea en sus dibujos e incluye primero a un andrógino con sombrero, luego a una cabra, un conejo, un mico y un animal rosado que no logro identificar, y así pretende enseñarnos a contar sin decir una palabra.

Gracias, Olga, yo sí aprendí a contar, tal vez cuento demasiado y por eso proclamo que mi vida privada es pública, por lo tanto le voy a contar algo que tiene que ver con cuerdas y, más exactamente con ser saltarina, asumo que es lo que usted querría.

BDSM es una sigla que, como todos saben, significa: Blancanieves Desea Sentir Más. ¿No sabía? Por supuesto, es que eso es lo que significa para mí. Entonces, teniendo en cuenta esta definición deliciosamente naíf, dejé de ser manzana y ahora vuelvo a ser la princesa del cuento, de este nuevo cuento que metafóricamente me engancha, me amarra y, literalmente le permite a usted besar mis pies. Sí, a usted, que está leyendo y a usted, que escarba con su lengua el espacio entre mis dedos, mientras estoy escribiendo esta no-reseña.

El andrógino con sombrero, la cabra, el conejo, el mico y el animal rosado (que según quien ahora muerde mi empeine es un perro, o una buena perra digo yo, para usar un lenguaje más cercano a la escena) todos ellos encontraron su cuento, y la pasaron delicioso porque antes de empezar a saltar, tal parece que los cinco llegaron a un acuerdo y todas sus prácticas con la cuerda son Sensatas, Seguras y Consensuadas.

¿Notó que dije “tal parece”? Es porque Olga Cuéllar, como buena saltarina, prefirió la acción, en otras palabras, omitió los diálogos, entonces no puedo asegurar que los involucrados sostuvieran esa conversación, de pronto sí porque eso es lo que dicen sus caras satisfechas y enredadas en la cuerda; de pronto no, porque (no se me ocurre ninguna razón); de pronto sí, porque después de tan acalorada sesión todos se retiraron del dibujo cantando (yo también lo haría así si a Olga Cuéllar no se le hubiese olvidado dibujarme), para volver a sus vidas cotidianas, olvidarse de los nudos, las cuerdas y los saltos, en el caso de ellos y, en el mío, asumir que por unos días nadie adorará mis pies.

Para contrarrestar semejante vacío que ahora representa volver a la realidad en la que no es normal ser una princesa caprichosa de veintisiete años, los cinco animalitos y yo tendremos que refugiarnos en placeres más sencillos y socialmente aceptados: ir a cine, comprar zapatos o simplemente comer un helado… de vainilla, por favor.

13 de agosto

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