CUÁNDO PARAR

Dos pajaritos

Dipacho

“Había una vez dos pajaritos…”.

Dipacho, Dos pajaritos

Lo único organizado en mi vida es mi horario. Tengo una lista de asuntos pendientes diseñada para hacer primero lo urgente, luego lo importante y después todo lo demás. También está dividida en tres categorías: “me gusta”, “me toca” y “me interesa”. Buscar trabajo está en la tercera, pero no es urgente ni importante, salvo si es para hacerlo  algunas entidades en las que realmente estoy muy (muy) interesada porque me encanta lo que hacen, porque me serviría aprender de ellos para mi vida profesional o sencillamente porque me sentiría absolutamente feliz haciéndolo.

Pensando de esta manera, envié un par de correos electrónicos y conseguí el trabajo perfecto para mí: debía ir sólo tres días al mes a hacer exactamente lo que desde hace mucho había querido hacer: corregir textos de una revista cultural de la cual estoy enamorada desde que soy suscriptora hace algunos años; para colmo, me pagaron muy bien. Como dije, perfecto para mí, aunque no me hayan vuelto a llamar.

Conozco a alguien que también tiene un trabajo perfecto para ella, bien remunerado, con muchisisísimas responsabilidades, con hora de entrada pero sin hora de salida y un solo día de descanso a la semana, excepto en temporada alta, cuando el negocio más se mueve. Como dije, perfecto para ella. Por eso, cuando le conté de mi nuevo trabajo me dijo: “¡Perfecto para usted!, Enana. Ahora sólo falta que se consiga otros tres o cuatro como esos, y ya”. ¿Tres o cuatro como esos? ¿Entonces cuándo tendría tiempo para escribir mis no-reseñas y gastarme mis ingresos en todas las frivolidades que me hacen más feliz que trabajar? Tres o cuatro trabajos como ese convertirían mi trabajo perfecto en un montón de noches sin dormir y un considerable incremento en el saldo de mi cuenta de ahorros que nunca podría gastar.

Parece que los dos pajaritos de Dos pajaritos sí siguieron el consejo. Invirtieron todas las páginas del libro en recolectar toda suerte de chécheres que creyeron que, algún día, si hay tiempo, podrían usar. Lo triste no es lo que pasa con los pajaritos al final, sino todo lo demás. Ambos vuelan incansablemente para obtener objetos de uso cotidiano, pero Dipacho nunca los muestra usándolos. ¿Será que el uso de sus preciadas adquisiciones está implícito, y por eso no lo incluyó? Sinceramente, me inclino por otra opción: los pobres pajaritos ―compradores compulsivos o adictos al trabajo, como usted quiera interpretarlo― nunca estrenan sus cositas porque están volando o están demasiado cansados de volar como para disfrutarlas.

No me malinterprete, yo también adoro comprar, y soy una profesional acumulando cosas. Sin embargo, esos pajaritos y yo nos diferenciamos en dos cosas: 1) yo prefiero pagar por servicios que por bienes, no ocupan espacio, no requieren mantenimiento y se convierten en una experiencia que luego le puedo contar; y 2) yo sí tengo que pagar por todos mis antojos, así que Visa siempre me informa cuándo debo parar.

9 de mayo

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