ACTO DE PRESENCIA

Mis 130 apellidos

Irene Vasco

 

“Todos teníamos un papel pegado en la camisa,

con el nombre, el apellido y nuestro país”.

Irene Vasco, Mis 130 apellidos

 

Llevo veinticinco minutos sentada en este sofá de cuero. Miro a la gente. Detengo mi atención en el paquete de pañuelos desechables marcado con el logo del lugar. Muy práctico, el llanto es algo que se ve mucho en una sala como éstas. Cierran el ataúd. Dos señoras como de la edad de mi mamá comentan que es una vergüenza que nadie haya rezado ni siquiera un padre nuestro por el alma del difunto, así que se levantan, buscan el misal y de repente todos los asistentes contestan a las plegarias encabezadas por las dos mujeres. Yo salgo al pasillo, no quiero rezar, prefiero escribir mis impresiones sobre todo esto, pero eso es inapropiado en un funeral, así que me limitaré a pensar en lo que voy a escribir después.

No estoy haciendo trabajo de campo, ni me he colado en un velorio ajeno para llorar sin que nadie me juzgue por hacerlo; en realidad no he llorado, aunque debería, porque estamos velando el alma de un miembro de mi familia.

El hijo de la hermana de la mamá de mi mamá sufrió un infarto, y dos días después dejó de respirar. Por eso estamos todos aquí, y digo “todos” porque no reconozco a nadie. Es incómodo. Me encantaría que a mi familia también se le hubiera ocurrido, como a la de Emilio, el de los ciento treinta apellidos, repartir autoadhesivos para que cada uno escribiera su nombre, apellido y el parentesco con el difunto. Somos muchos, no siento mareo como Emilio, pero sí creo que estoy haciendo acto de presencia, una expresión que no he parado de escuchar entre quienes se reúnen a charlar en los pasillos.

La muerte es un pretexto para reunir a la familia, igual que el aniversario de los bisabuelos de Emilio. Se supone que nos vestimos de negro, hablamos bajito, compramos flores y dejamos lo que sea que tengamos que hacer ese día para mostrar nuestro respeto; pero en realidad no es así, sólo vamos para que nos vean ahí. Si él pudiera vernos desde su ataúd no sabría quién es casi nadie, se preguntaría dónde están sus amigos de la infancia, los del trabajo, esa ex novia de la que estuvo enamorado tanto tiempo, mantendría la vista fija en sus hijas, su esposa y su mamá, a quienes en verdad les va a hacer falta.

Como en la reunión familiar de los Moscovici ―o las ciento treinta maneras de escribir ese apellido― todos se abrazan; en la nuestra, además, se preguntan por las carreras, parejas, y salud de los demás, de los que no vinieron; se reprochan no haberse visto durante tantos años; se vuelven a abrazar; y prometen verse más seguido: organizar una reunión para celebrar el cumpleaños de mi abuelita o un paseo en una finca, para que vaya toda la familia.

Señor lector: no es bueno alejarse tanto de la familia, hay que rodearse de los suyos, porque no es bueno morir solo, ni que su sala de velación esté atiborrada de personas de las que usted nunca supo nada y que seguramente no quieren estar ahí.

27 de abril

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