LO SUYO NO ES LA FAMA

El sapo distraido

Javier Rondón

 

“Una mañana muy tempranito, hizo la lista para el mercado”.

Javier Rondón, El sapo distraido

 

“Era un sapo verde, morado, anaranjado, tornasolado” con habilidades especiales para administrar el tiempo y establecer prioridades. “Una mañana muy tempranito hizo una lista”, no para el mercado, sino de sus asuntos pendientes: escribir su libro, pagar las cuentas, escribir su libro, llevar a la gata al veterinario, escribir su libro, tener algo de contacto humano, escribir su libro, dormir ocho horas diarias, escribir su libro, no faltar a ningún ensayo de teatro, escribir su libro.

“La mantequilla de las tortillas, la mermelada de las tostadas” y otros víveres similares se quedaron en las estanterías del supermercado porque no merecían la atención del sapo. En cambio, un día interrumpió la escritura de su libro, “puso un clavel en su gorrita y en su patica un cascabel”, para conocer un señor muy crespo con quien se comprometió a asistir a las reuniones del proyecto en las que todos le decían Sapo Grimm, porque se disfrazaría de hermanastra/madrastra/hada/calabaza para escribir las líneas por las que sería mundialmente conocido como Sapo Grimm.

“Se fue brincando y en las esquinas cada vitrina iba mirando” lobos, caperucitas, descomunales plantas de habichuelas, brujas, reyes y princesas. Todo le recordaba los cuentos de su libro y, en consecuencia, las dificultades que tenía para encenicientarse (neologismo usado por el futuro Sapo Grimm para referirse al ritual necesario para escribir la historia de la señorita de vestido azul y repolludo que huye del baile antes de la decimosegunda campanada). “¡Qué hermosas frutas y qué colores!” lástima que el sapo no tenía los poderes del hada madrina para convertir las frutas de colores en una calabaza que a su vez se transformara en una flamante carroza. “¡Cuantos olores hay por aquí!”, pensaba, pero ninguno era ceniciento.

“El sapo andaba muy distraído”: los maullidos de su gata, las voces de los personajes de su libro, las zapatillas de cristal haciendo clack, clack, clack en su cerebro poco inspirado y su nuevo placer culposo (del que el sapo no hablará ahora porque es un tema perfecto para otra no-reseña), “¡todo ese ruido lo había confundido!”.

“Al fin el sapo llegó a su casa”, o salido de ella, aún no lo tiene claro, síntoma evidente de una sobre exposición a cuentos infantiles clásicos. Marcó el teléfono del señor muy crespo y renunció. Ya nadie podrá decirle Sapo Grimm, qué lástima. Por favor lea “qué lástima” sin asomo de sarcasmo, porque es una verdadera lástima.

Sin intensión de celebrar ni ahogar sus penas, el sapo “de leche tibia sirvió una taza” tal vez era una cerveza, de pronto dos; en realidad fueron cuatro o cinco o seis. ¡No se distraiga señor lector, concéntrese en lo que sigue, que es lo importante. Cuando el sapo perdió la cuenta y el equilibrio (re)estableció la prioridad de su vida: “iba a tomarla con mermelada”, dulce y sin excesos; no será Sapo Grimm, pero esta vez lo suyo no es la fama.

14 de abril

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