EL CUMPLEAÑOS DEL VAMPIRO

La condesa sangrienta

Alejandra Pizarnik

 

“Ha habido dos metamorfosis: su vestido blanco ahora es rojo

 y donde hubo una muchacha hay un cadáver”.

Alejandra Pizarnik, La condesa sangrienta

 

Hubiese sido perfecto escribir esta no-reseña el próximo miércoles y no hoy, sábado por la mañana, porque el próximo miércoles es 27 de abril; es decir, el día en el que Alejandra Pizarnik estaría maldiciendo por cumplir una cantidad de años aberrante. Tendría canas, arrugas, los dientes amarillos, cirrosis, un poco de incontinencia y serios problemas pulmonares que físicamente le impedirían fumar. Eso le disgustaría, pero lo que le disgustaría aún más es que en su apartamento se reunirían sus amigos, conocidos, ex amantes, un puñado de mujeres adictas a su poesía y hasta su odiosa hermana perfecta, para celebrar un año más de su vida.

Si estuviera viva maldeciría estarlo y odiaría sostener ese cuerpo viejo, igual que Érzebeth Báthory, la Condesa sangrienta. Ambas tomaban la sangre de doncellas jóvenes, Érzebeth de manera literal y alejandra, metafóricamente. Ella nos seduce, nos envuelve en su mundo de flores muertas para niñas muertas, nos enamora. Nos roba despacio nuestra capacidad para dormir tranquilas y nos obliga a sentir demasiado. No necesita las sofisticadas máquinas de tortura que usaba la Condesa para exprimirle la juventud a sus víctimas: basta con lilas, nombres y muñecas, ¿para qué los colmillos y las torturas medievales? Escondes los colmillos y nos muerdes mientras estamos distraídas con tus dibujitos de niñita o tu habilidad para arrastrar las consonantes… y nos muerdes, Vampiro.

Cuando cumplí veinticinco años, para olvidar que me estaba haciendo vieja, planeé veinticinco fiestas. La idea inicial era celebrarme en cada fiesta un año menos, así que empezó con una fiesta de cocteles en un bar para adultos divertidos, como de veinticinco; incluiría una rumba hasta las cinco de la mañana, como cuando salí a estrenar la cédula; también una elegantísima fiesta de quince años con cambio de zapatilla y edecanes para bailar el vals; una pijamada en la que, por supuesto, ensayaríamos coreografías, nos aplicaríamos mascarillas de pepino y aguacate y responderíamos tests de la revista para saber qué tipo de besadoras seríamos, pues es bastante improbable que a los doce años fuéramos expertos en la materia; y este desproporcional evento terminaría con un baby shower con regalos para mí.

Sólo llegué hasta la cuarta fiesta, porque se me dificulta terminar lo que empiezo, pero no sé por qué presiento que escribiré sobre esto en otra no-reseña, así que vamos al grano.

A mí se me antoja celebrar mi cumpleaños veinticinco veces; a Pizarnik, tomar cincuenta pastillas de Seconal para dejar de celebrar el suyo; y Erzebeth no cuenta los años ni las pastillas, sino las vírgenes a quienes desangra para mantenerse joven. A las tres nos resultaría más práctico adoptar hábitos alimenticios saludables, dormir lo suficiente, no llorar ni sonreír en exceso y hacer ejercicio para asegurar nuestra eterna juventud, pero eso no nos gusta. Las tres escogimos un intento fallido, un vestido que esta vez se quedó blanco.

23 de abril

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