PARA MI TRANQUILIDAD, PROFESORA

¡Cui-cui-cuidado! Animales al volante

Marilyn Pérez Falcón

 

 “¡Ji-joo-ji-jóvenes!

¿Ven lo que pasa por no mirar?”.

Marilyn Pérez Falcón, ¡Cui-cui-cuidado! Animales al volante

El día de la independencia, El día después de mañana, El día del juicio final: tres películas que están presentando simultáneamente, mientras yo veo Límite vertical y escribo la no-reseña de un libro que sólo es una colección de onomatopeyas. No vi ninguna de las tres películas cuyos títulos tienen un parecido enfermizo, porque se tratan de la inminente destrucción de todo el planeta por un asteroide o una inverosímil invasión extraterrestre. Cui-cui-cuidado, semejante argumento desencadenará más onomatopeyas: ¡oh!, ¡pum!, ¡bang!, ¡auch! En cambio, Límite vertical cuenta una historia a cerca de tomar decisiones, de establecer prioridades, de ponderar lo que de verdad debería importarme, Profesora: evaluar qué tanto quiero arriesgarme.

No soy muy precavida, ya pasé por la etapa de tenerle miedo a todo y ahora, en muchos casos, tener cuidado me tiene sin cuidado. Por eso nunca tomé clases de conducción ni me interesó sacar el pase, no quise tener cuidado ni ser un animal al volante. Tampoco me forjé metas, sueños ni intereses que comprometieran mi seguridad física, jamás se me ocurriría, por ejemplo,  escalar el K2, la brillante idea de los personajes de la película que sí estoy viendo.

Me disgusta el dolor, por eso me cuido. Después de un par de deslices entendí que, por mi bien, debía dedicar mi vida a una profesión cuyo ejercicio no dejara consecuencias letales, por eso trabajo muy poco corrigiendo libros y, a veces, escribiéndolos.

Es el plan más seguro y casi perfecto. Casi, porque para lograrlo tuve que arriesgarme: estudié literatura. La lectura en exceso me hizo inmune a cualquier dolor del cuerpo. Sin rodillas raspadas, ni huesos rotos, ni edemas pulmonares; ni si quiera cualquiera de las lesiones que pudieron tener las bestias que, por no mirar, se estrellaron en la primera escena que propone Pérez; así que pensé que no tendría que preocuparme por los riesgos profesionales.

Qué ingenua, olvidé los daños colaterales, de los que nadie se cuida y por eso son los más peligrosos, casi mortales, como ese libro del que no quisiera hablarle pero cuya lectura incompleta me provocó sentarme en la cornisa de mi ventana a masticar el aire. No tiene nada de malo, excepto porque la sensación de plenitud no me la daba el aire, sino los catorce pisos que me separaban del suelo: mi límite vertical.

Profesora, su libro casi me hizo matarme. Recuerde, dije “casi”, así que en realidad (ambas lo sabemos) no hay de qué preocuparse. No me senté ahí por sólo por culpa de las perturbadoras onomatopeyas de su libro, súmele la rabia de no haber sabido antes que estudiar literatura con la cabeza así era arriesgarme; era más peligroso que manejar borracha, sin respetar las señales de tránsito o sin mirar a la calle. Ambas estamos tranquilas, no es tan grave, nada que todo un pregrado de negación, la repentina exposición a su libro negro en un ambiente parcialmente hostil y una la lectura olvidable de ¡Cui-cui-cui dado! no pueda arreglarse.

8 de enero

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2 comments

  1. Raisha · enero 9, 2012

    hay un errorcillo ahí , en el último párrafo : “No me senté ahí por solo por”. Buena no reseña, me ha gustado. ¿si tú pregrado fue de negación, de qué será el mío?.

    • claragiraldomejia · enero 9, 2012

      graciaaaaas por lo del error. Mmmm no sé de qué será tu pregrado, pero vamos a averiguarlo 😀

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