RASTROS DULCES EN MI BOCA “PROBONA”

La pequeña oruga glotona

Eric Carle

 

“El sábado atravesó masticando un trozo de pastel de chocolate,

un helado, un pepinillo, una loncha de queso, una rodaja de salchichón,

una piruleta, una porción de tarta de frutas, una salchicha,

una magdalena y un trozo de sandía”.

Eric Carle, La pequeña oruga glotona

No me gusta ordenar mi casa, porque la forma como quedan los platos sucios sobre la mesa, los libros fuera de la biblioteca y la ropa de toda la semana regada en el suelo son mi rastro, el rastro de quienes vienen aquí y alteran el orden de las cosas, un rastro, como los troquelados que deja la oruga glotona en las páginas del libro.

“¿Todavía existe mi cepillo de dientes en tu casa?”, le pregunté el jueves a la que el viernes dejó su bufanda en algún lugar de mi apartamento, un rastro. A veces encuentro cabellos rubios enredados con los míos en mi peinilla, otro rastro. Olores en mi ropa, sabores en la boca, música que canto a grito herido porque alguien la dejó en mi memoria, más rastros.

Buscando dejar rastros y que los dejaran en mí, el sábado cambié los últimos veinticinco mil pesos que tenía para este mes por la entrada a un bar gay. Necesitaba “equilibrarme”, un eufemismo que utilizaba una de mis psicólogas para justificar por qué me iba de rumba loca a darle besos a la mayor cantidad de mujeres desconocidas, para comerme a la que tuviera mejor sabor. Hace mucho no hacía eso, o mejor, hace tiempo no había encontrado tantas bocas dispuestas a dejarse probar.

Esta oruga no es glotona. ¿Acaso se hartó de postres y embutidos? No, sólo los probó. Los atravesó, dejó su rastro para escoger entre todos los manjares aquel que le brindara la satisfacción, o mariposas en el estómago, como diríamos los humanos. Su búsqueda fue tan intensa que no hubo mariposas, sino un “tremendo dolor de barriga” que se aplacó con la ingesta de las hojas verdes que siempre habían sido parte de su dieta.

Yo también estaba probando. Esa noche besé a casi todas las que se veían como manzanas, peras, ciruelas, fresas y naranjas, las mismas frutas que dejaron insatisfecha a la oruga “probona”. A mí sí me gustó el sabor y las porciones, disfruté los besos, el rastro dulce en la boca y mis huellas digitales.

Pero a sólo una, cuyos rastros adicionales fueron los diez dígitos de su celular y una insinuación tan pequeña y certera como la cereza en un helado, sólo a ella me gustaría probarla de nuevo, de día y sin sabor a vodka en mi garganta; saber algo más que su nombre y que su pelo crespo me alborota las mariposas; que ella me conozca, lea lo que escribo, debatamos sobre lo ofensivo y trillado que es comparar a las mujeres con comida y usar la palabra “comérmela” para no decir “tener sexo”, que yo me disculpe por mi enfoque machista y poco creativo y luego sigamos probándonos y probándonos para dejar más rastros.

  19 de diciembre

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2 comments

  1. david sierra · diciembre 19, 2011

    Eso fue lo que me pasó la noche que conocí a motas….

  2. MóniK · diciembre 19, 2011

    Me gustó mucho!

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