Quem não tem

La hora de la estrella

Clarice Lispector

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“Todo esto lo he dicho con tantas dilaciones

por temor de haber prometido demasiado

 y dar tan sólo lo simple y lo poco.

Porque esta historia es casi nada”.

Clarice Lispector, La hora de la estrella

 

El verbo tener en todas las conjugaciones y connotaciones posibles se atraviesan en la lectura de La hora de la estrella. Tener algo, tener todo, tener mucho, no tener: “Todo mundo tem um primeiro namorado/só a bailarina que não tem”, dice la bailarina que se confiesa en la voz de Adriana Calcanhotto.

Ciranda da bailarina, la canción a la que pertenecen estas líneas, que actúa como fondo musical durante la escritura de estas palabras, y que le sugiero (o no) escuchar mientras lee esto, es solo uno de los muchos ejemplos de expresiones de mujeres a quienes les preocupa sobremanera tener algo, tener todo, tener mucho, no tener (amor). Sí, muchos; sí, mujeres; y sí, amor, hoy se me antoja hablar de amor. Las mujeres en las que pienso tienen algo, tienen todo, tienen mucho, no tienen.

Macabea, la nordestina cuyo nombre Lispector solo revela muy entrado el texto, no tiene si quiera labios para pintarse. La imagino untándose torpemente un colorete rosado sucio, o recordando el café con leche que Olímpico pagó para que ella bebiera. Le preocupa tanto no tener nada que ofrecer, que es casi como esta bailarina en quien no puedo dejar de pensar: “Teve escarlatina/Ou tem febre amárela/Só a bailarina que não tem” y procura darle al narrador de La hora de la estrella algo que decir en esta historia (este amor) que no es casi nada.

Me pregunto si el afán de esta muchachita es el mismo que el de la mujer que la escribe y el de la que la no-reseña. Construidas desde ese no tener, las tres se muestran, se destruyen y se inventan como la novela que protagonizan, escriben o no-reseñan, esa novela que cambia de título cuando se acaba el día o cuando se le antoja. Son las que no tienen, pero no sufren de las mismas carencias, y quien las lee y las recorre con los dedos les descubre nuevos huecos.

Vacías y vaciadas se alimentan unas de las otras, otras de las unas. O por lo menos eso pasa al reflexionar hoy sobre La hora de la estrella, pues quien se toma la libertad de introducir bailarinas de canciones y disertaciones que bien cabrían en otro libro no tiene algo que la otras sí: no es un personaje literario que protagoniza un argumento, ni vive un final trágico, todavía tendrá que esperar.

¿Prometí demasiado? ¿Es muy confuso para usted? ¿Tiene alguna duda al respecto? ¿También, como yo, se siente… decepcionado de lo que ha leído? ¿Hubiese preferido que incluyera comentarios sobre mujeres tan desesperadas por sentir desamor, que caminan por calles peligrosas esperando que las violen? No, esta vez no. Este solo será un rodeo para no preocuparme por no tener razones para preocuparme.

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